#273 La narrativa del hábito
Por qué no te falta información, sino una historia mejor para sostener tus hábitos
Esto es Suma Positiva: tecnología, startups, venture capital, modelos mentales, rendimiento y longevidad.
Las mejores herramientas para prosperar y no perderte lo esencial en la era de la inteligencia artificial.
Una newsletter semanal y la comunidad privada Health & Wealth donde estas ideas se comparten y se ponen en práctica, en buena compañía.
Esta edición de Suma Positiva viene a cargo de Alfredo Andreu, autor de la newsletter Hábito Nutrición.
Alfredo estudió farmacia y nutrición, pero su pasión es contar historias. Compagina su trabajo como nutricionista con el de guionista y director de cortometrajes de ficción. Sin duda un perfil de los que nos gustan por aquí, de esos que viven en la intersección de algunos diagramas de Venn que no suelen cruzarse.
En su newsletter Alfredo nos cuenta historias que cuentan:
hábitos para mejorar tu composición corporal
estrategias para optimizar tu salud (energía y claridad mental)
cómo construir propósito en tu vida
¡Os dejo con el artículo!
Esta edición de Suma Positiva ha sido patrocinada por:
Cuidar lo importante para poder seguir disfrutándolo.
Tener energía para compartir tiempo, claridad para tomar decisiones y tranquilidad al saber que tu salud está en orden.
Por eso en Holo hemos simplificado todo.
Ahora puedes acceder a un plan anual por 299€, que incluye una analítica avanzada con más de 100 biomarcadores, un informe personalizado, seguimiento en el tiempo y acceso completo al ecosistema Holo.
Mientras que una analítica tradicional suele revisar solo 15–20 marcadores, Holo analiza hasta 5 veces más para ayudarte a entender qué está pasando realmente dentro de tu cuerpo.
Desde inflamación, vitaminas y hormonas hasta salud metabólica y cardiovascular.
Además:
— Recibes un informe personalizado con un plan de acción claro
— Puedes hacer seguimiento de tu evolución a lo largo del tiempo
— Integras tus wearables y centralizas toda tu información de salud en un solo lugar con Holo AIY desde hoy, el acceso a la app de Holo es gratuito.
Aunque no tengas una analítica con nosotros, ya puedes usar Holo para organizar y visualizar todas tus analíticas en una sola app.
Porque cuidar tu salud no debería ser complicado. Y entender tu cuerpo no tendría que empezar cuando algo va mal.
🎁 Oferta de lanzamiento hasta el 31 de mayo:
Consigue Holo por 249€ el primer año con el código “50HOLO” y ahorra 50€.
👉🏻 Reserva tu test en tryholo.com
La narrativa del hábito
por Alfredo Andreu
Hace años fui al tanatorio de un hombre de 70 años.
Un cáncer de hígado galopante.
Yo debía tener unos 12 años y fue una de las primeras veces que pisé un lugar así. Fui acompañando a mi padre, el farmacéutico del pueblo, para dar sus condolencias a la familia.
Me acuerdo cómo mi padre se acercó al hijo del fallecido y le estrechó la mano. No sé qué le dijo, pero recuerdo perfectamente la respuesta del hijo:
—Bueno. Al menos, vivió la vida.
Nadie se merece una enfermedad por descuidados que sean sus hábitos, eso es evidente. Pero tampoco podemos ignorar la enorme influencia que tienen en nuestra salud.
Por eso hoy no quiero hablarte de dietas, sino de algo más profundo: de las historias que nos contamos sobre cuidarnos, y de cómo esas historias acaban decidiendo lo que hacemos cuando nadie nos mira.
El problema no es la falta de información
“Vivir no es durar”.
“Al menos, vivió la vida.”
“Cuidarse es obsesionarse”.
Esa historia llevo escuchándola circular mucho tiempo. A veces con más o menos ironía, pero otras muchas con bastante convicción.
Soy farmacéutico y nutricionista. Llevo más de una década conociendo a personas que quieren mejorar sus hábitos de salud, y lo que he aprendido en todo ese tiempo tiene mucho menos que ver con la nutrición de lo que cabría esperar.
El problema casi nunca es la falta de información.
Es la historia que nos contamos.
Nunca hemos sabido tanto sobre nutrición. Más estudios, más podcasts, más libros, más aplicaciones, más inteligencia artificial que diseña menús personalizados en treinta segundos. Si alguien quiere saber qué comer para vivir más y mejor, la información está a tres clics y es gratuita.
Y sin embargo, el problema no mejora.
La gente sigue abandonando los cambios en pocas semanas. Sigue ganando dos kilos en invierno y dos en verano que nunca suelta del todo. Sigue sin entender muy bien cómo ha llegado hasta donde está, porque en realidad tampoco siente que coma especialmente mal.
Me lo encuentro constantemente en consulta.
Personas que no se atiborran en las comidas principales, pero que acumulan grasa de forma silenciosa a través de pequeños picoteos que pasan sin nombre: lo que se bebe, lo que se coge de paso, lo que se come de pie mientras se prepara la cena.
Un análisis de catorce patrones dietéticos publicado en el BMJ encontró que lo que mejor predecía los resultados no era cuál dieta seguías. Era cuánto tiempo eras capaz de seguirla.
La adherencia lo predice todo.
Y adherencia es justamente lo que no tenemos.
Las dietas no son solo promesas, son historias
Adrienne Bitar es profesora en Cornell y lleva años estudiando algo que a primera vista parece una rareza académica: los libros de dietas.
Bitar hizo un trabajo exhaustivo y lo publicó en su libro Diet and the Disease of Civilization. Pasó años recopilando ejemplares en archivos históricos y hasta en subastas, hasta reunir más de 400 títulos que abarcan décadas de cultura alimentaria. Y lo que encontró es fascinante.
El 80% del contenido de esos libros no habla de nutrición.
Habla de historias. De quién eres, de qué temes, de a qué grupo perteneces, de qué tipo de persona mereces llegar a ser.
“Una dieta no es solo una lista de alimentos”, escribió. “Cuenta una historia sobre nosotros mismos.”
Tiene sentido. El investigador Jerome Bruner, de la Universidad de Harvard, encontró que los datos son hasta 20 veces más fáciles de recordar cuando forman parte de una historia. No es un capricho evolutivo: es el mecanismo más antiguo que tenemos para procesar el mundo.
Las dietas lo saben.
Las historias que todos hemos seguido sin saberlo
Vivimos un momento extraño: comer se ha vuelto ideológico.
Decir que haces keto, ayuno intermitente, paleo o vegano ya no describe solo lo que comes. También sugiere qué tipo de persona eres, en qué crees y a qué tribu perteneces. Por eso muchas conversaciones sobre nutrición parecen menos una búsqueda honesta de salud y más una tertulia política (solo hace falta abrir Instagram para comprobarlo).
Bitar identificó varios arquetipos narrativos que se repiten, una y otra vez, a lo largo de décadas de cultura dietética.
El detox y las limpiezas. La narrativa de la pureza. El mundo moderno te ha contaminado. Ciertos rituales alimentarios te redimen. Empiezas de cero.
La paleo y el clean eating. La narrativa del paraíso perdido. Antes todo era más natural. La modernidad te ha corrompido. Puedes volver a algo anterior y más verdadero.
El biohacking, la keto, el monitor de glucosa continuo. La narrativa de la optimización. Eres un sistema. Con los datos correctos y el protocolo adecuado, puedes superar tu propia biología.
La carnívora. La narrativa de lo ancestral recobrada. Come lo que cazabas. Descarta lo que la civilización inventó. Reconecta con lo que supuestamente eras.
Cada una vende una identidad. Y las identidades son mucho más difíciles de abandonar que los buenos propósitos de año nuevo o septiembre.
La nutrición es biología, pero la adherencia es narrativa.
Eso me hizo darme cuenta de algo
Hay una cosa que todas esas dietas hacen bien: te cambian la identidad.
Bueno, o de alguna manera te hacen aspirar a ella.
No digo que lo copiable aquí sea el hecho de que te enfrenten a otros ni de que te conviertan en el pesado del grupo que no puede comer arroz.
No digo eso.
Lo valioso es otra cosa, algo más silencioso: la persona que lleva doce años comiendo de una determinada manera no piensa cada mañana si va a seguir haciéndolo. Simplemente lo hace, porque ya no concibe ser de otra forma. No hay un antes ni un después. Y por tanto, tampoco hay un después del después.
Eso es lo copiable.
No la tribu, no la ideología, no el protocolo. La identidad: soy alguien que come así. Un buen patrón de alimentación (por diferenciarlo de las connotaciones de “dieta”) debería hacer exactamente eso: no darte un método cerrado que seguir, sino unos principios y una narrativa para seguirlos.
Cuando llegas ahí, la adherencia deja de ser un esfuerzo insalvable a medio plazo y se convierte en mera coherencia.
Pero el problema no mejora
Después de años viendo todo esto desde consulta, esperaría que el panorama hubiera mejorado.
Pero no.
Observo que muchas personas siguen improvisando sus comidas todo el tiempo, que de vez en cuando miran al seguidor estricto de la carnívora o al obseso del ayuno o al influencer con un físico acomplejante de Bali, y piensan: yo no quiero ser eso.
No quiero esa obsesión.
Y usan esa imagen como justificación para seguir haciendo las cosas exactamente como las hacían.
Y en ese contexto han llegado los fármacos.
Hace poco entrevisté a Walter Suárez, uno de los mayores expertos en obesidad y diabetes de habla hispana, y una cosa me quedó grabada: el gran problema no es perder peso. Es el después del después. Hay estudios que muestran que al cabo de un año o año y medio, la gran mayoría de personas que usaron Ozempic, Wegovy o Mounjaro recuperó todo el peso perdido.
Da igual el fármaco. Da igual la dosis.
Y vendrán nuevos que sean más eficaces y más cómodos en formato oral. Y seguiremos ante lo mismo porque el problema de la adherencia sigue sin resolverse.
Y la adherencia no se inyecta.
Pero a pesar de eso, hay un dato revelador: el libro más vendido de la última década es Hábitos atómicos, de James Clear. Las personas queremos cambiar. Somos conscientes de que la acción repetida construye algo valioso.
Y entre las cuatro leyes que propone Clear para crear un hábito, hay una que me parece muy interesante y es de lo que te estoy hablando hoy: visualizar el beneficio.
No el resultado en la báscula de esta semana. El beneficio real, profundo, de por qué merece la pena hacer esto. El para qué antes que el qué.
Y ahí es exactamente donde viven las historias que nos contamos.
Antes de saber qué comer, necesitas saber por qué te importa cuidarte. O por qué es tan beneficioso entrenar ese músculo que produce esas exerquinas que pueden ser un muro contra el cáncer, no solo darte un deltoides más estético.
Y esa respuesta no la da ninguna pirámide alimentaria ni ninguna aplicación de macros. La construyes tú, despacio, con las historias adecuadas.
No hay una sola dieta correcta
Si hay un consenso que he destilado tras más de una década escuchando a catedráticos, leyendo libros, escuchando a compañeros y mi propia experiencia clínica, es el siguiente: no existe la dieta perfecta.
Ni la más correcta.
No hay un menú semanal extrapolable a todo el mundo.
Lo más parecido a eso podría ser lo que algunos autores como Simon Hill han divulgado: que más del 80% de la alimentación sea de origen vegetal. O como sintetizó Michael Pollan: “Coma comida, no demasiada, sobre todo plantas”.
Pero esa evidencia científica luego tiene muchas posibles maneras de materializarse.
Incluso dentro de la propia dieta mediterránea —considerada por algunos estudios como la superior en su capacidad de prevención de enfermedades crónicas— caben variaciones distintas en cómo queda expresado tu menú semanal.
Una casa puede tener más pescado, otra más legumbres, otra más huevos, otra más soja y derivados…
Así que el objetivo no es encontrar el patrón perfecto y cumplirlo como si fuera una norma externa impuesta. El objetivo es ir construyendo el tuyo propio, poco a poco, guiado por las historias adecuadas.
Por ejemplo, yo sé lo beneficiosos que son el brócoli y la coliflor por varias razones (sulforafano, fibra…). También sé lo chungos que son desde un punto de vista de la adherencia porque no fueron creados bajo las mismas condiciones que el Big Mac.
Pero si los comemos en nuestra casa a día de hoy es porque la historia que me cuento sobre por qué valen tanto la pena ha hecho el trabajo silencioso: me los ha hecho desear en lugar de aborrecer.
Y luego, por supuesto, me busqué la manera de hacerlo más apetecible, que aquí no se trata de mortificarse.
A lo que voy es a que no necesitas una dieta a la que pertenecer. Necesitas hábitos que puedas sostener.
Las tres historias que sí importan
Si la adherencia depende de las historias que nos contamos, la pregunta práctica es cuáles contarse.
En mi experiencia, hay tres que lo determinan casi todo.
La primera es la historia sobre por qué te cuidas.
Si cuidarse es aburrido, costoso y una renuncia constante, cualquier hábito saludable parecerá una condena antes de empezar. Si cuidarse es una forma de tener más energía, más presencia, más claridad, más capacidad para interrelacionar ideas y ser de más utilidad a los demás viviendo más años útiles, entonces, el mismo hábito se convierte en algo que tiene sentido repetir.
No cambiamos lo que hacemos hasta que cambiamos la historia que nos contamos sobre por qué merece la pena. Mientras sigamos viendo cuidarse como lo contrario de vivir, cualquier hábito saludable seguirá pareciéndonos una condena.
La segunda es la historia sobre el proceso.
Aquí ha llegado el momento de agradecer a Samuel Gil que me haya dado la oportunidad de poder escribir hoy en su newsletter.
A Samuel lo leo y admiro desde hace tiempo, y una de mis ediciones favoritas de Suma Positiva era una en donde hablaba de cortar leña y llevar agua. Decía:
A través de las enseñanzas de Akira a John, el autor nos intenta transmitir la idea de que, para conseguir tus objetivos—sean estos cuales sean—, lo mejor que puedes hacer es olvidarlos y enamorarte del proceso que te lleva hacia ellos, lo cual a su vez terminará por transformarte a ti como persona.
Las personas más saludables que conozco no son las que saltan de método en método buscando resultados en cinco semanas. Son las que han entendido unos pocos principios fundamentales —que actualizan, porque la nutrición es una ciencia joven— y han aprendido a volver a ellos después de desviarse.
En otras palabras, enamorarse del proceso de cortar leña y llevar agua.
La tercera es la historia sobre el beneficio concreto.
Si alguien te explica que introducir más de 30 vegetales distintos a la semana puede mejorar tu microbiota de forma significativa —y te lo cuenta bien, con evidencia, con un caso real que dibuja en tu cabeza la importancia de ese eje intestino-cerebro— esa historia se te queda pegada en la cabeza como un chicle.
Y ese chicle hace algo que un dato frío nunca puede hacer: cambia lo que metes en el carrito del supermercado.
“Al menos, vivió la vida”
Entiendo que creamos en esa idea a veces.
Pero esa creencia frente a la que todos asentimos, o frente a la que sucumbimos hastiados de tantos reels contradictorios, es peligrosa porque es poderosa.
Cuenta una historia aparentemente convincente: como si cuidarse y vivir fueran cosas opuestas. Como si hubiera que elegir entre las dos.
Y al final, eso es exactamente lo que hacen todas las narrativas que hemos visto: no te convencen de nada nuevo. Confirman lo que ya creías o querías creer. Cada una encuentra su audiencia porque cada una refleja una visión del mundo que ya existía antes de que llegara la dieta.
El problema no es la información.
Ya lo ves.
Es que llevamos décadas compitiendo con historias muy bien construidas, y los países han respondido con pirámides alimentarias.
Queda mucho por hacer en ese frente y no tengo una solución única, pero sí una convicción que quería traer hoy a los que leéis Suma Positiva: cada historia bien contada sobre por qué merece la pena cuidarse es más poderosa que cualquier protocolo.
No se trata de encontrar una dieta que te cambie la vida en doce semanas. Se trata de contarse mejores historias que te ayuden a volver mañana a ese puñado de hábitos.
Gracias por leer Suma Positiva.
Si te ha gustado esta edición, no te olvides de dar al ❤️ y de compartirla por email o redes sociales con otras personas a las que les pueda gustar.
Suscríbete para no perderte ninguna futura edición.


