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La inteligencia (al menos la humana) se va a extinguir
Dado nuestro éxito como especie y nuestra principal diferencia con otras, solemos pensar en la inteligencia como la obra cumbre de la evolución.
Pino Aprile (Gioia del Colle, 1950), periodista y escritor italiano y autor del libro Nuevo elogio del imbécil, en el que se basa este artículo, tiene sin embargo una teoría muy controvertida: que la inteligencia fue una característica muy útil en un momento de nuestra historia como especie, pero que ahora mismo es algo en retroceso, incluso en riesgo de extinción, como todos aquellos rasgos que ponen a sus portadores en desventaja reproductiva.
Empecemos con una aclaración: la evolución no está interesada en crear seres vivos cada vez mejores. En realidad, no está interesada en nada, ya que no es ninguna entidad y no tiene ningún propósito. Por decirlo con Dawkins, los «genes egoístas» sólo están «interesados» en sobrevivir. Llamamos evolución al proceso por el cual las poblaciones cambian a lo largo de las generaciones a partir de variaciones genéticas que confieren a sus portadores características que les permiten estar mejor o peor adaptados a su entorno, lo que a su vez condiciona sus probabilidades de sobrevivir y reproducirse. Si la imbecilidad fuese negativa para nuestra especie, o nos habríamos extinguido o no habría imbéciles. Ninguna de las dos cosas parece cierta. A veces sobrevive lo «peor» (en el sentido ético y estético) si lo peor es lo más útil.
En lugar de ser especialmente fuertes, rápidos o numerosos como otras especies, la evolución nos dotó de un cerebro más grande que nos permitió encontrar la solución a problemas hasta entonces irresolubles. Nuestros antepasados remotos más inteligentes estaban mejor preparados para sobrevivir a la brutalidad de su entorno y fueron los que sobrevivieron y transmitieron sus genes, generación tras generación. Así surgió el Homo sapiens.
Y aquí viene la gran paradoja que pone de manifiesto Aprile: somos tan inteligentes que hemos sido capaces de crear entornos físicos y estructuras sociales indispensables para nuestra supervivencia, pero en los que ya no hace falta ser inteligente para sobrevivir. Son tan prodigiosos que funcionan incluso a prueba de imbéciles.
Puede que ya no necesitemos la inteligencia (al menos no tanto como en el pasado)… o, como algunos doomers sospechan desde hace tiempo, puede que la inteligencia ya no nos necesite a nosotros.
La inteligencia ha agotado su función: ya no es necesaria y está siendo eliminada como, en el pasado, lo fueron otras características caducas. Lo demuestra, según Aprile, la historia de nuestra especie y nuestro comportamiento cultural y social.
Veamos algunos de los datos, argumentos y ejemplos que utiliza:
El éxito evolutivo de una especie se puede medir por su capacidad de aumentar su «masa biológica». Es mucho más difícil erradicar a las hormigas que a las ballenas.
Las personas menos inteligentes tienden a reproducirse más. No hay más que ver las tasas de natalidad de los países más desarrollados. Pobreza y explosión demográfica van de la mano.
En las guerras de la antigüedad, los mejores (los mejor dotados física y mentalmente) eran enviados a combatir y, en muchos casos, a morir. En casa quedaban los necios, los cobardes, los inútiles. Ellos fueron los que se reprodujeron con las viudas de los héroes, asegurando la continuidad de la especie.
Las mujeres más inteligentes supieron desarrollar formas artificiales (maquillajes, cosméticos) de atraer a los hombres en los días en que no eran fértiles (en el momento fértil los atraían de forma natural). Ellas disfrutaron del sexo sin reproducción, mientras que las menos inteligentes tuvieron más hijos y transmitieron más sus genes.
Toda forma de organización social (monarquía, democracia, dictadura…) actúa, en cuanto puede, contra la inteligencia y sus expresiones. La inteligencia, que se cuestiona todo y a todos, es subversiva y peligrosa. Es un tumor a extirpar. El cerebro da miedo y desencadena la agresividad en quien no lo tiene o tiene menos. El poder, en cuanto puede, quema primero los libros y, a continuación, declara la guerra santa contra cualquiera que se atreva a pensar diferente.
La evolución intentó crear seres humanos más inteligentes (con más materia gris), pero el excesivo tamaño de su cráneo en el momento del nacimiento provocó su muerte y la de sus madres. Por ahí no era. Mejor tonto que muerto.
Cada vez vivimos más tiempo, pero nuestras facultades mentales decaen con la edad. En un mundo donde las personas mayores representarán un porcentaje creciente del total, la inteligencia global disminuirá. El hombre moderno vive más para volverse tonto.
La chispa del genio es un destello en medio de la oscuridad. La cultura convierte ese destello en luz para todos. Cuando un ejemplar especialmente brillante de nuestra especie pone su talento al servicio de la comunidad, la empobrece intelectualmente, porque los demás se limitan a imitarlo, a aprovecharse de sus ideas, a copiarlas sin ejercer sus propias facultades mentales. La cultura y la tecnología permiten que todos los miembros de una comunidad estén a la altura de los mejores y disfruten de unas condiciones de vida que no habrían podido alcanzar con su propio esfuerzo, resolviendo problemas que exceden sus capacidades. Esto no ocurre en ninguna otra especie animal. La inteligencia deja de ser necesaria para el futuro de nuestra especie. Los genios han cumplido su cometido y pueden ser desechados. La mayor de las proezas de la inteligencia es volverse superflua. La inteligencia trabaja en favor de la estupidez y contribuye a expandirla.
Hoy en día, el mundo está hecho a medida del imbécil hasta el punto de que los principales líderes del mundo, aquellos que tienen al alcance de sus manos tecnologías que podrían borrarnos en un instante de la faz del planeta, son personas universalmente tenidas por necias, psicópatas o aquejadas de enfermedades que anulan las facultades más necesarias para el ejercicio de una posición de tal responsabilidad (equilibrio, sabiduría, intuición, tolerancia, altruismo, inteligencia…).
Nuestras comunidades se estructuran según principios jerárquicos. Las jerarquías se comportan de forma estúpida no porque todas las personas que las componen sean idiotas, sino porque, por razones funcionales, no pueden actuar de otro modo. En una burocracia no nos es posible obrar como personas inteligentes. Todos los sistemas jerárquicos tienden a funcionar de la misma manera; su comportamiento colectivo viene dictado por reglas generales sencillas. La más importante es ésta: las normas y costumbres deben respetarse. Por el contrario, la mente humana tiende a la duda, a la crítica, a la innovación. Por eso es necesaria la estupidez: es la savia de la sociedad humana. Es el motor que hace que el sistema funcione. En estos sistemas ascendemos no por las muestras de inteligencia que damos, sino porque ofrecemos garantías de que actuaremos estúpidamente en el puesto que nos asignen.
El talento, atrapado en las redes de las estructuras jerárquicas, se vuelve inofensivo. Cuando se dan cuenta de la irremediable estupidez de las estructuras sociales en las que están inmersas, muchas personas inteligentes cometen el mismo error: intentan poner remedio. Otros, en cambio, entienden que dicha pretensión está condenada al fracaso. Esto no significa que renuncien a su inteligencia. A veces la cultivan en su tiempo libre. En su inofensivo pasatiempo es en lo que emplean su talento.
“What the smartest people do on the weekend is what everyone else will do during the week in ten years.”
Chris Dixon
Otras veces también consiguen utilizar su inteligencia en el seno de las estructuras sociales. Son ellos quienes cambian las cosas. Las estructuras sociales pueden tolerar cierta cantidad de inteligencia, mientras no amenace con bloquear la actividad del sistema. Pero la norma general, el comportamiento a seguir, debe ser celebrar la estupidez.
En el origen de las jerarquías (estados, empresas) hay casi siempre hombres excepcionales. Pero la supervivencia de la organización no puede depender de la de su fundador. El problema es doble: por un lado, la genialidad no puede codificarse en reglas. Por otro, no se puede depender de encontrar a otros genios que ocupen su puesto. ¿La solución? La calidad se va supliendo con la cantidad. Lo que antes hacía un solo listo lo van haciendo cada vez entre más y más tontos (y ni aun así, pues dos medios genios no suman un genio). Y así sucesivamente, escalón a escalón, hasta que todo puede funcionar en manos de absolutos imbéciles. Cualquier estructura que no sea capaz de transformarse en un utensilio (algo que hasta un imbécil es capaz de usar) está condenada a desaparecer. La jerarquía que necesite, no ya genios, sino personas muy capaces, se extinguirá por falta de suministro. Por ello, las estructuras sociales más tontas prosperan y las más inteligentes mueren. La imbecilidad sólo puede aumentar.
Cualquier burocracia necesita constantemente más personas para hacer lo mismo. En otras palabras: la cantidad de imbéciles necesaria para hacer las mismas cosas crece continuamente. Aprile cifra ese crecimiento en un 5% anual y sostiene que, cada 20 años, la tarea que antes requería una persona ahora requiere dos. La imbecilidad domina el mundo y las organizaciones humanas la fomentan y la propagan.
Cualquier estructura tenderá a expandirse, a trocear aún más las tareas. ¿Hay un límite? Sí, el cero. Ese número indica tanto el nivel de inteligencia como la cantidad de funciones que uno tiene que realizar para ser miembro de la jerarquía. La sociedad perfecta es aquella en la que el único talento que se requiere para formar parte de ella es… formar parte de ella y no hacer absolutamente nada.
Nuestra naturaleza nos obliga a relacionarnos con nuestros semejantes. Pero esto sólo puede ocurrir en un sentido: el inteligente tiene que rebajar su nivel al del imbécil para que cualquier tipo de comunicación tenga lugar. Cuando los hombres se juntan, se vuelven más tontos.
Una excepción a lo anterior es cuando un pequeño grupo de genios se junta y colabora. En ese caso, el grupo funciona como multiplicador. Así es como han surgido algunos de los mayores logros de la humanidad. El tamaño perfecto de este grupo está en torno a las 10 personas. En estos grupos, el valor del individuo no viene dado por su posición en la jerarquía, que tiende a ser plana, sino por el reconocimiento subjetivo y espontáneo de los demás.
La educación es una poderosa herramienta de nivelación a la baja de las dotes intelectuales. La escuela produce personas que llegan a la edad adulta con un idéntico bagaje de conocimientos muy escaso, mientras que los pocos niños inteligentes, curiosos y muy dotados son reprimidos y obligados a seguir el ritmo de los más lentos.
La sociedad no podría ser de otra manera. La forma en la que nos organizamos es el medio más eficaz que tiene la selección cultural para reducir la inteligencia y salvar a la especie. Y esto ha ocurrido en un tiempo mucho menor que el que requiere la selección natural.
La domesticación entontece. Es algo que hemos podido estudiar en los animales, pero que, por supuesto, también se aplica a nosotros mismos. El hombre ha hecho y sigue haciendo una poda de la inteligencia, no sólo de la propia, sino de todo lo que le rodea.
Seguramente, al leer esto, te habrás dado cuenta de que Aprile lleva muchas de estas ideas al extremo y algunas de sus explicaciones son más provocadoras que científicas. Pero quizá por eso resultan tan estimulantes. Su tesis no es que los humanos vayamos a volvernos idiotas de repente, sino que hemos construido un mundo en el que la inteligencia individual es cada vez menos necesaria para sobrevivir y prosperar, lo cual es terreno abonado para que la estupidez se propague. La paradoja es difícil de ignorar: nuestra inteligencia ha sido tan eficaz transformando el entorno que puede haber empezado a hacerse prescindible a sí misma. Y ya se sabe: use it or lose it.
Y todo esto fue antes de los últimos avances en inteligencia artificial…
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