Esto es Suma Positiva: tecnología, startups, venture capital, modelos mentales, rendimiento y longevidad.
Las mejores herramientas para prosperar y no perderte lo esencial en la era de la inteligencia artificial.
Una newsletter semanal y la comunidad privada Health & Wealth donde estas ideas se comparten y se ponen en práctica, en buena compañía.
Esta edición de Suma Positiva ha sido patrocinada por:
¿Cómo repensamos el trabajo con datos con herramientas como Claude?
Invertir solo en licencias de una herramienta como Claude no garantiza su adopción efectiva.
Lo hemos visto en nuestro propio equipo: hasta que no hemos transformado (de verdad) la forma en que hacemos data engineering, no hemos llegado a una adopción real. Y esa adopción nos ha llevado a estar en el camino para ser partners de Anthropic.
De todo eso queremos hablar el próximo 17 de septiembre en Barcelona, dentro de la AI Week, una semana de eventos con motivo de la celebración del AI Summit. Una tarde donde compartiremos nuestros aprendizajes con Claude, uno de nuestros últimos prototipos y conversaciones para repensar el trabajo con datos.
Más info e inscripción (gratuita) aquí.
Tecnología, startups y venture capital
Systems of Record en la era de la IA
Durante años, uno de los mercados menos atractivos para una startup ha sido el de los grandes systems of record: los sistemas donde las empresas guardan la información fundamental sobre sus clientes, empleados, finanzas o inventario.
El problema no era el tamaño del mercado —CRM, ERP o software de recursos humanos mueven decenas de miles de millones— sino que nadie cambia de proveedor. Sustituir un Salesforce, SAP o Workday es caro, lento y arriesgado. Por muy grande que sea el mercado, si cada año sólo un pequeño porcentaje de clientes está dispuesto a cambiar, el mercado realmente accesible para una startup es mucho menor.
Aaron Neil y Michael Brown, inversores de Battery Ventures, creen que la inteligencia artificial está cambiando esa dinámica y nos lo cuentan en este artículo.
Veamos por qué.
Para utilizar bien la IA hacen falta buenos datos y, sobre todo, contexto. No basta con conectar un agente a las bases de datos de una empresa y esperar que funcione. La información suele estar fragmentada entre múltiples sistemas antiguos, poco estructurados y difíciles de interrogar. Eso está llevando a algunas empresas a plantearse algo que hasta ahora evitaban: cambiar el sistema central sobre el que funciona su negocio para poder aprovechar realmente la IA.
Además, la propia IA está reduciendo el coste de hacerlo. Históricamente, migrar de un system of record era una pesadilla: había que limpiar datos, mapear campos, transformar formatos y reconstruir procesos. Muchas de esas tareas pueden ahora automatizarse.
Y el premio por cambiar también es mucho mayor. Pasar de un ERP antiguo a otro ERP un poco mejor rara vez justificaba meses de migración. Pasar a un sistema que, además de almacenar los datos, puede hacer parte del trabajo de tus empleados, sí puede hacerlo.
La IA está, por tanto, alterando las dos partes de la ecuación: reduce el coste de cambiar y aumenta enormemente el valor de hacerlo.
Eso abre una ventana excepcional para nuevos entrantes.
Los nuevos systems of record no se limitarán a almacenar información. Harán el trabajo. Un sistema financiero podrá realizar el cierre mensual; uno de inventario podrá decidir cuándo volver a comprar; uno jurídico podrá redactar y revisar documentos.
El mercado potencial deja entonces de ser sólo el presupuesto destinado a software y empieza a incluir una parte del enorme presupuesto destinado a trabajo humano.
Y aparece además un círculo virtuoso. Si en el mismo sistema viven los datos, las acciones que ejecuta la IA y los resultados de esas acciones, el producto puede aprender continuamente de su utilización. Cuanto más se usa, más contexto acumula; cuanto más contexto acumula, mejor puede hacer el trabajo.
Esa combinación de datos + workflow + resultados puede convertirse en una ventaja competitiva difícil de replicar por un agente que simplemente se conecta desde fuera mediante una API.
Es lo que ya empieza a ocurrir con compañías como Cursor en programación, Harvey en derecho o Gong en ventas: empezaron resolviendo una tarea concreta, pero al integrarse cada vez más profundamente en el trabajo de sus usuarios van acumulando precisamente la información que necesitan para convertirse en el nuevo sistema central de esa actividad.
La conclusión de Battery es interesante: quizá la IA no acabe con los systems of record. Quizá provoque la mayor oportunidad en décadas para sustituirlos.
Carrera profesional y rendimiento
Nadie puede competir contigo en ser tú
Este tweet de Dan Koe sintetiza fenomenal mi opinión sobre cómo uno debería ir orientando su carrera profesional.
El objetivo último es que te paguen por ser tú mismo. Por resolver los problemas que no puedes evitar intentar resolver. Por estudiar aquello de lo que no consigues apartarte. Por eliminar cualquier trabajo que no te suponga un desafío creativo.
Creo que esta afirmación siempre ha sido cierta, pero quizá lo sea aún más en la era de la inteligencia artificial.
Elige tu propia odisea
Me ha parecido muy interesante también este ejercicio que propone Daniel Pink. Se trata del Odyssey Plan, uno de los ejercicios centrales de Designing Your Life, el curso de Stanford creado por Bill Burnett y Dave Evans.
Coge una hoja de papel y divídela en tres columnas:
En la primera irá la vida que seguirías si continúas por tu camino actual.
En la segunda, qué harías si ese primer camino dejara de ser posible (por ejemplo si tu rol o tu sector desapareciesen).
En la tercera, qué harías si el dinero, el estatus y la opinión de los demás no importaran.
Ponles un título de máximo seis palabras a cada una de ellas.
Ahora, valora cada plan en cuatro dimensiones: ¿tienes los recursos necesarios?, ¿te gusta?, ¿confías en que podrías llevarlo a cabo?, ¿encaja con quién eres? Veinte minutos. No hace falta tomar ninguna decisión.
Lo interesante de este ejercicio es que la columna 1 pasa de ser el plan por defecto a una alternativa más a considerar.
Longevidad
Las enfermedades relacionadas con el envejecimiento son el principal reto de la medicina actual
Durante los últimos cincuenta años hemos vivido una revolución silenciosa. En 1973, la esperanza de vida mundial era de 58 años. Hoy supera los 73. Tres de cada cuatro niños nacidos actualmente llegarán a los 65 años y, en los países ricos, casi dos de cada tres llegarán a los 80.
Ese éxito ha cambiado por completo el problema al que se enfrenta la medicina.
Un nuevo artículo publicado en Nature Aging propone mirar las enfermedades no tanto por su causa —infecciosas, cardiovasculares, cáncer, etc.— sino por el momento de la vida en el que producen su mayor daño. Utilizando datos de 304 enfermedades en 204 países, los investigadores identifican cuatro grandes grupos: enfermedades infantiles, de adultos jóvenes, de adultos mayores y enfermedades asociadas al envejecimiento.
Y el resultado más interesante es que estas últimas ya representan el mayor desafío sanitario de una persona nacida hoy, incluso en los países de renta baja. Cardiopatías, diabetes tipo 2, enfermedad renal crónica, Parkinson, demencia y determinados cánceres comparten una característica: su incidencia aumenta fuertemente con la edad.
Hay una razón bastante sencilla. Durante el último siglo hemos sido extraordinariamente buenos evitando que la gente muera joven. Vacunas, antibióticos, higiene, medicina materno-infantil o tratamientos cardiovasculares han ido eliminando sucesivamente distintas causas de muerte. Como consecuencia, cada vez más personas llegan a edades en las que el principal factor de riesgo es, simplemente, haber envejecido.
Por ello, combatir las enfermedades asociadas al envejecimiento presenta al que no es común: rendimientos crecientes.
Cuando reducimos una enfermedad infantil, obtenemos un beneficio enorme, pero cada mejora sucesiva tiende a aportar algo menos. Con las enfermedades del envejecimiento ocurre lo contrario. Si conseguimos reducirlas, más personas llegan sanas a edades avanzadas, y precisamente porque hay más personas viviendo esas edades, resulta todavía más valioso conseguir nuevas mejoras. Es todo un círculo virtuoso: cuanto más progresamos contra las enfermedades asociadas al envejecimiento, mayor es el valor del siguiente progreso.
Los autores hacen una simulación: si desaparecieran completamente las enfermedades clasificadas como asociadas al envejecimiento, la esperanza de vida mundial (lifespan) aumentaría unos 17 años, pero la esperanza de vida saludable (healthspan) aumentaría todavía más, unos 20 años. No viviríamos eternamente, pero pasaríamos una proporción mayor de nuestra vida con buena salud.
Y esto nos lleva a una de las reivindicaciones recurrentes de quienes investigan la longevidad: en lugar de dedicar casi todos nuestros esfuerzos a tratar, una tras otra, las enfermedades que aparecen al final de la vida, quizá deberíamos destinar más recursos a entender los procesos biológicos del envejecimiento que muchas de ellas comparten. Si lográramos intervenir sobre esos procesos, podríamos obtener beneficios simultáneos frente a múltiples enfermedades.
A medida que vivimos más, mejorar la forma en que envejecemos se convierte inevitablemente en el principal problema sanitario de nuestra especie.
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