#69 Amplitud (de miras)

Hola, soy @samuelgil, Partner en JME Ventures

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Amplitud de miras

Este artículo está inspirado en el libro Range de David Epstein.

Es probable que la primera imagen que te venga a la cabeza cuando piensas en un genio es la del niño prodigio, alguien quien desde los pocos años de edad ha mostrado una habilidad y un interés desmesurado por una actividad a la cual se ha dedicado casi obsesivamente toda su vida.

Y, a pesar de que en algunos casos excepcionales pueda que sea así, la realidad es que las personas que alcanzan las más altas cotas de excelencia en sus respectivos campos de actividad—y no menos importante, de felicidad—tienen frecuentemente comienzos mucho más tardíos y unos intereses mucho más amplios que van descubriendo y cultivando a lo largo de toda su vida.

Esta confusión está profundamente arraigada en nosotros y está provocando que como sociedad estemos cometiendo el error—en casi todos los ámbitos pero en concreto en los educativos, laborales y científicos—de otorgar un excesivo valor a la especialización temprana.

En un mundo que es cada vez más complejo, los generalistas o, mejor dicho, los especialistas que antes de especializarse han logrado conocimientos amplios en otros dominios, son los mejor posicionados para resolver los problemas más importantes, gracias a su capacidad de “unir los puntos” entre disciplinas aparentemente dispares.

Por ello, como padres, estudiantes o profesionales, la “amplitud” de intereses, conocimientos y habilidades es algo que definitivamente debemos potenciar tanto en nosotros como en los que nos rodean.

“A human being should be able to change a diaper, plan an invasion, butcher a hog, conn a ship, design a building, write a sonnet, balance accounts, build a wall, set a bone, comfort the dying, take orders, give orders, cooperate, act alone, solve equations, analyse a new problem, pitch manure, program a computer, cook a tasty meal, fight efficiently, die gallantly. Specialization is for insects.”

— Robert Heinlein


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Si, como popularmente se dice, “la experiencia es un grado”, parecería lógico pensar que, cuanto más tiempo nos dediquemos a una actividad, mejor nos volveremos realizando dicha actividad. De ahí que nos parezca que quienes empiezan antes tienen ventaja.

Pero, ¿y si existiesen actividades o, mejor dicho, entornos en los que realizar dichas actividades, en las que la experiencia no sólo no fuese beneficiosa sino que pudiera llegar a ser incluso perjudicial?

La respuesta es que esos entornos existen. Y no sólo es que existan, es que son comunes y, de lejos, los más interesantes pues son, los que tienen que ver con las personas y su complejo comportamiento.

Estos entornos de aprendizaje, a los que llamaremos “perversos”, se rigen, a diferencia de juegos bien definidos y delimitados como el ajedrez, por reglas poco claras o incompletas, no producen patrones que se repiten en el tiempo o, si los producen, éstos no son obvios, y el feedback sobre el éxito de nuestras acciones es impreciso, viene con mucho retraso o ambos. La vida misma, vamos. En los entornos perversos, el instinto—lo que vamos afinando en base a repetición y observación—nos puede jugar malas pasadas. Como decíamos, o no hay patrones que aprender, o es extremadamente difícil hacerlo.

Por contra, en los entornos de aprendizaje “amables”—que, como imagináis, tienen reglas conocidas, patrones que se repiten y feedback rápido—sí que podemos aprender y desarrollar un instinto a base de experiencia. Los juegos, los deportes y las actividades en las que hay más de física que de psicología, tales como apagar un fuego, pilotar un avión o interpretar al piano una partitura de música clásica, son entornos amables. Son ideales para emplear el “sistema 1” que describe Kahnemann en Thinking, fast and slow.

Incluso en los entornos amables, en los que la experiencia sí que es un grado, tener experiencias en otros campos es beneficioso. Haber practicado varios deportes nos puede haber ayudado a desarrollar ciertas habilidades físicas o formas de ver e interpretar el juego que son transportables a otras disciplinas. Tocar varios instrumentos musicales nos puede ayudar a ver y entender la música desde varios prismas diferentes ya que, como dijo Marshall McLuhan:

“Damos forma a nuestras herramientas y luego ellas nos dan forma a nosotros”.

Por otro lado, si existe alguien o algo cuyas características sean las perfectas para brillar en los en los entornos amables son los ordenadores. Como expusimos la semana pasada, ya hemos conseguido que la inteligencia artificial nos supere jugando al ajedrez o al Go, aunque aún no hemos conseguido que nos gane jugando a videojuegos como el Starcraft, donde la estrategia—que requiere un nivel de pensamiento más abstracto—prima sobre la táctica (la determinación de la secuencia de actividades que nos lleva más probablemente a la victoria).

Hasta que seamos capaces de desarrollar inteligencia artificial general—si es que alguna vez lo somos—, podemos decir que máquinas y humanos tenemos debilidades y fortalezas opuestas, tal y como dice la paradoja de Moravec.

Pero el mundo real no es ajedrez, ni siquiera es tenis, es “tenis marciano”: Vemos la cancha, los jugadores, las raquetas y las pelotas, pero no sabemos las reglas. Es nuestra tarea descifrarlas y, para más inri, pueden cambiar en cualquier momento sin aviso previo.


El efecto Flynn—el incremento en las puntuaciones obtenidas en tests de coeficiente intelectual—ha sido documentado en más de 30 países a lo largo del siglo XX. Sin embargo, las puntuaciones en tests de conocimiento general, matemáticas o lenguaje apenas han variado o han llegado incluso a disminuir.

¿A qué se debe?

A diferencia de estos últimos, los tests de coeficiente intelectual miden nuestra capacidad de razonamiento abstracto, algo que el mundo moderno nos demanda cada vez más, incluso en nuestro día a día fuera de las aulas, los laboratorios o las oficinas.

Sin embargo, tanto nuestro sistema educativo como los procesos de selección de nuestras empresas están empeñados en medirnos a todos con el mismo rasero y a dar prioridad a la memorización de datos en lugar de fomentar el desarrollo del razonamiento, el pensamiento crítico y la creatividad.

El razonamiento abstracto es nuestra capacidad de representar la realidad por conceptos con múltiples características y comportamientos y relacionarlos de la forma que más nos convenga en cada momento. Este esquema de clasificación conceptual nos sirve como andamiaje para ir “colgando” y conectando conocimiento—”a latticework of mental models”, que diría Charlie Munger—, haciéndolo accesible y combinable de manera flexible.

La potencia del conocimiento y razonamiento abstracto es que nos permite desligarlo de nuestra experiencia personal. Nos permite pasar de detalles superficiales y buscar similitudes estructurales entre conceptos en nuestra biblioteca de conocimiento. Nos da la capacidad de recrear mentalmente escenarios que nunca antes hemos observado o que ni siquiera existen. Por ello, este tipo de razonamiento es la base de la creatividad, del pensamiento por analogía o “fuera de la caja”, o de encontrar soluciones a problemas aparentemente imposibles porque teníamos la cabeza enterrada en detalles irrelevantes.

“Creativity is combinatorial, nothing is original, everything builds on what came before, and we create by taking existing pieces of inspiration, knowledge, skill, and insight that we gather over the course of our lives and recombining them into new creations.”

— Maria Popova


Si el razonamiento abstracto es la clave para triunfar en entornos perversos y éstos son a su vez los más relevantes, ¿cómo desarrollamos nuestra capacidad de pensar abstractamente?

Enfrentándonos con frecuencia a retos que nos obliguen a emplear las herramientas que tenemos y las que aún no tenemos.

Leyendo vorazmente, dentro y fuera de nuestro ámbito.

Probando diferentes cosas hasta que encontramos la nuestra, porque, por mucho que nos esforcemos, no podremos saber si algo es para nosotros hasta que no lo hayamos probado. La pasión se descubre, no se persigue, porque prácticamente nadie es capaz de adivinar qué es.

Siguiendo a nuestra curiosidad, no al dinero ni al prestigio. Es una señal mucho más fidedigna. Si el dinero y la fama han de llegar, es más probable que lo hagan como una consecuencia, no como un objetivo.

No rindiéndonos a la primera cuando probemos algo, pero teniendo el coraje—si las circunstancias lo permiten—de empezar de nuevo si nos damos cuenta de que no estamos en el sitio correcto.

Rodeándonos de gente con amplitud.

Intentando leer más allá de la experiencia pasada a la hora de contratar personas.

Cultivando nuestros hobbies, especialmente si son activos y creativos. ¿Sabías que existe un número desproporcionado de artistas aficionados entre los ganadores del Nobel?

Sacrificando la eficiencia en el corto plazo por el gran logro en el largo plazo.

¿Es una garantía llegar? Por supuesto que no. Nadie dijo que fuese fácil. Es probable que la familia, los amigos y la sociedad en general te empujen a lo contrario. A no cambiar de estudios, a no cambiar de profesión, a no cambiar de deporte o de instrumento. A terminar la carrera cuanto antes y a ganar mucha experiencia en lo tuyo. A no perder el tiempo leyendo novelas.

“If you can let go of your passion and follow your curiosity, your curiosity might lead you to your passion.”

— Elizabeth Gilbert


¿Va todo esto en contra de la especialización?

No.

Va en contra de la especialización prematura, la que te impide descubrir aquello en lo que puedes destacar mientras que adquieres conocimientos y habilidades que te pueden ayudar más tarde a realizar un enorme progreso en lo que finalmente te hayas especializado.

Va en contra de convertirte en esa persona que, como sólo tiene un martillo, todo le parecen clavos.

Va en contra de esa especialización que te hace ir con anteojeras por la vida, provocando que sólo sepas tanto de algo, que realmente no sepas nada de nada.

Buena semana,

Samuel


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