#271 Tu empresa no está lista para la IA. Despidiendo IAs para recontratar personas. ¿Por qué no trabajas en lo más importante? Tu salud depende de tu flujo energético.
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Una newsletter semanal y la comunidad privada Health & Wealth donde estas ideas se comparten y se ponen en práctica, en buena compañía.
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Sí, otro evento de tecnología en Valencia. Pero este pinta distinto.
El 19 de mayo, CEEI Valencia organiza Horizonte Tech 2026 en CaixaForum: una jornada gratuita sobre tecnologías del futuro aplicadas a empresas, startups y pymes.
Con el responsable de IA de Magnific, Iván de Prado, una de las grandes empresas europeas de IA; Ana Maiques, referente en neurociencia, y Ruth Falquina, tecnocreativa especializada en innovación aplicada. Además, habrá experiencias con tecnología y 25 startups valencianas mostrando lo que ya está pasando.
No va de repetir que “la IA lo cambia todo”.
Va de separar la moda del cambio real y entender qué oportunidades se abren para empresas y emprendedores que quieran moverse antes que el resto.Nos encantaría verte. Inscripción gratuita y toda la información en este enlace
La mayoría de las empresas no están listas para adoptar la IA
Es vox populi que la adopción de la IA en las empresas no está teniendo—al menos aún—el impacto transformacional que muchos anticipaban.
Daniel Miessler sostiene que el problema no es tecnológico, sino organizativo: la mayoría de compañías ni siquiera entienden bien sus propios procesos, flujos de trabajo y mecanismos de decisión. Según él, la IA no arregla organizaciones disfuncionales, sino que simplemente amplifica su capacidad de ejecución. Por ello, las empresas con sistemas claros, operaciones estructuradas y conocimiento bien documentado multiplicarán su productividad, mientras que aquellas que sobreviven “a pesar de sí mismas” verán expuestas todas sus ineficiencias internas.
En una línea similar, Ann Miura-Ko argumenta que la inmensa mayoría de empresas siguen atrapadas en el primer nivel de adopción de IA de una escala de cinco, inspirada en los niveles de autonomía de los vehículos autónomos.
La clave no es cuántos empleados usan ChatGPT, sino hasta qué punto la IA está integrada en el sistema operativo de la organización. Para evaluarlo, propone cuatro preguntas fundamentales:
¿Qué puede ver la IA?
¿Es el trabajo de tu empresa legible para una máquina o sigue disperso entre cabezas individuales, reuniones no documentadas y herramientas SaaS inconexas?
¿Qué puede hacer la IA?
¿Puede actuar directamente sobre sistemas de información—como por ejemplo abrir PRs, actualizar el CRM o reconciliar facturas—o simplemente resumir información generada por humanos?
¿Quién puede extender el sistema?
¿Pueden personas no técnicas crear y desplegar herramientas internas útiles o todo depende de unos pocos power users cuyo conocimiento desaparece cuando abandonan la empresa?
¿Cómo ha cambiado la organización?
¿Ha evolucionado realmente la estructura de la compañía o simplemente seguimos operando con el organigrama de 2023, pero con un mejor autocompletado?
De despedir personas a despedir IAs
Hasta ahora, dábamos casi por hecho que automatizar algo significaba reducir su coste. Puede que con la IA—al menos por ahora—no sea siempre así.
Uber anunció que había consumido en cuatro meses todo el presupuesto en tokens de IA que tenía para todo 2026, tras dar acceso a Claude Code a sus 5.000 ingenieros.
Algo similar sucedió en NVIDIA.
¿Podríamos ver a empresas “despidiendo a IAs” para volver a contratar personas por motivos económicos?
¿Cuáles son los problemas más importantes de tu campo y por qué no estás trabajando en ellos?
Esta frase, que hiere como cuchillo afilado, es de Richard Humming, uno de los grandes científicos de los míticos Bell Labs, en una charla que dio en 1986 sobre por qué algunas personas producen trabajo extraordinario y otras, igual de inteligentes y trabajadoras, no.
Hamming sostiene que la mayoría de investigadores y profesionales se refugian en tareas seguras, incrementales o socialmente cómodas. No porque les falte capacidad, sino porque trabajar en problemas grandes implica riesgo: puedes fracasar, parecer ingenuo o dedicar años a algo que quizá no funcione. Según él, las personas que terminan haciendo contribuciones relevantes suelen tener una combinación muy particular de ambición, persistencia y obsesión intelectual. No esperan a que alguien les dé permiso para trabajar en algo importante.
Otra idea central de la charla es que el entorno influye enormemente en la calidad del trabajo. Hamming describe Bell Labs como un lugar donde la excelencia intelectual era contagiosa: estar rodeado de gente brillante, conversaciones ambiciosas y problemas importantes elevaba automáticamente el nivel de aspiración de todos. Según él, las grandes contribuciones rara vez aparecen en aislamiento; suelen surgir en ecosistemas donde existe una cultura de pensamiento profundo y estándares muy altos.
El ensayo también habla mucho sobre la importancia de mantener “las puertas (de los despachos y) de la mente abiertas”. Hamming critica a quienes se vuelven excesivamente rígidos o especializados y dejan de explorar nuevas ideas. Defiende que muchas innovaciones aparecen en las intersecciones entre disciplinas y que la curiosidad es una ventaja competitiva enorme.
Finalmente, Hamming reconoce que hacer trabajo importante requiere energía emocional sostenida. Las personas que dejan huella suelen pensar constantemente en sus problemas, incluso fuera del trabajo. No se trata solo de inteligencia o disciplina, sino de desarrollar una relación casi obsesiva con una cuestión que consideran importante. El trabajo excepcional no suele surgir por accidente, sino como consecuencia de orientar deliberadamente la vida hacia problemas difíciles y significativos.
Todos los procesos del cuerpo dependen del flujo de energía
Como hemos comentado en tantas ocasiones, la medicina moderna tiende a interpretar el cuerpo humano como una máquina compuesta por piezas independientes: genes, órganos, hormonas o biomarcadores. Esa visión reduccionista y más bien estática, como mínimo, incompleta.
Un artículo reciente de Big Think basado en el trabajo del investigador Martin Picard explora una idea cada vez más influyente: que la salud depende en buena medida de cómo el cuerpo genera, distribuye y gestiona energía.
Una frase que se te quedará grabada:
“Cuando comparas un cuerpo muerto con uno vivo, la única diferencia es la presencia de energía: toda la maquinaria física, el ADN, las proteínas, la piel y los órganos siguen ahí.”
Desde esta perspectiva energética, las mitocondrias —los orgánulos encargados de producir energía en la célula— pasan a ocupar un papel central. Pero el argumento va más allá del metabolismo. Lo que más revelador me ha parecido de la visión de Picard es que ve el cuerpo como una economía energética compleja donde cerebro, sistema inmune, hormonas y otros tejidos y órganos compiten constantemente por recursos limitados. El estrés crónico, por ejemplo, no sería solo un fenómeno psicológico: altera literalmente la asignación de energía dentro del organismo, priorizando supervivencia inmediata frente a reparación celular o recuperación, lo cual tiene, como es lógico, implicaciones en la salud a largo plazo.
Similarmente, muchas enfermedades modernas —fatiga crónica, inflamación persistente, trastornos mentales o deterioro metabólico— podrían entenderse no simplemente como “piezas rotas” en algún punto del mecanismo, sino como fallos en la coordinación energética del sistema.
Esta idea del flujo y balance energético es especialmente interesante porque conecta disciplinas que normalmente operan separadas: metabolismo, neurociencia, inmunología, envejecimiento y salud mental, por mencionar algunas. Y también porque encaja bastante bien con algo que intuitivamente todos percibimos: hay momentos y estados vitales en los que sentimos que el cuerpo funciona y otros en los que, aunque las analíticas salgan bien, algo claramente nos dice que no está funcionando correctamente.
Como ya nos decía hace un par de semanas Manu Sola, puede que la salud no sea simplemente la ausencia de enfermedad, sino la capacidad del organismo para sostener un flujo energético estable, flexible y adaptativo a lo largo del tiempo.
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