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La vanidad también puede ser buena para la salud
Me parece muy acertado este post de Jackson Fyfe, en el que propone enfatizar los beneficios a corto plazo del ejercicio, en lugar de centrarnos, como solemos hacer, en los de largo plazo.
Por ejemplo, una única sesión de entrenamiento de fuerza puede proporcionar:
Reducción de la sensación de ansiedad.
Mejoras en el rendimiento cognitivo.
Mayor captación de glucosa por los músculos y cambios en su regulación que pueden prolongarse hasta el día siguiente.
Descensos temporales de la tensión arterial en reposo durante la recuperación.
La evolución nos ha sesgado hacia el corto plazo. Y es comprensible. «A largo plazo todos estaremos muertos», como decía Keynes. La selección natural no persigue que vivamos mucho, ni siquiera que vivamos bien, sino que sobrevivamos y nos reproduzcamos, transmitiendo nuestros genes a la siguiente generación.
Pero no solo nos ha sesgado hacia el corto plazo. Por razones similares, también nos lleva, en muchas ocasiones, a valorar más la estética que la salud. Al fin y al cabo, resultar atractivos para potenciales parejas ha sido una importante ventaja evolutiva.
Conociendo ambas cosas —lo que nos conviene a largo plazo y lo que nuestros instintos nos empujan a hacer—, lo inteligente sería aprovechar esos sesgos en nuestro beneficio, en lugar de permitir que jueguen en nuestra contra. Algo que, por cierto, muchas compañías han aprendido a hacer extraordinariamente bien, explotando nuestros mecanismos de recompensa para captar nuestra atención y condicionar nuestro comportamiento.
Para ilustrar esta idea, os traigo una historia que me parece fascinante.
Cómo la vanidad ayudó a popularizar el cepillado de dientes
A principios del siglo XX, cepillarse los dientes a diario estaba lejos de ser un hábito universal en Estados Unidos.
En aquella época, un publicitario llamado Claude Hopkins recibió el encargo de promocionar una pasta de dientes llamada Pepsodent.
Lo lógico habría sido intentar convencer a la población de la importancia de la higiene bucodental para prevenir caries y otras enfermedades. Sin embargo, Hopkins, que conocía bien la psicología humana, decidió adoptar una estrategia diferente.
Había aprendido que las personas somos mucho más receptivas a la promesa de una recompensa que a la advertencia de un riesgo futuro. Y comprendió que el deseo de tener una sonrisa bonita podía ser una motivación mucho más poderosa que el de evitar problemas dentales dentro de unos años.
Su campaña invitaba a los consumidores a pasar la lengua por sus dientes y notar una película que los recubría. Después, les proponía utilizar Pepsodent para eliminarla y conseguir unos dientes más limpios y brillantes.
La estrategia era brillante por su sencillez. Hopkins había identificado un estímulo cotidiano —la sensación de suciedad sobre los dientes—, una aspiración emocional —tener una sonrisa atractiva— y una recompensa perceptible después de cada cepillado —la sensación de limpieza—.
El éxito fue extraordinario. Pepsodent consiguió generar una demanda nacional en aproximadamente un año y se expandió internacionalmente poco después.
Naturalmente, no fue el único factor que contribuyó a popularizar el cepillado de dientes. La educación sanitaria y, posteriormente, los hábitos de higiene inculcados a los soldados durante la Segunda Guerra Mundial también desempeñaron un papel importante.
Pero la historia de Pepsodent ilustra algo fundamental: una motivación aparentemente superficial, como tener una sonrisa más bonita, puede contribuir a extender un hábito con importantes beneficios para la salud.
Y lo más interesante es que Hopkins llegó a esta conclusión hace más de un siglo, mucho antes de que la psicología del comportamiento empezara a estudiar sistemáticamente estos mecanismos.
La importancia de las recompensas inmediatas
En 2017, las investigadoras Kaitlin Woolley y Ayelet Fishbach publicaron un estudio con un título bastante revelador: Immediate Rewards Predict Adherence to Long-Term Goals.
Su conclusión principal era que las recompensas inmediatas predicen mejor la persistencia en la consecución de objetivos a largo plazo que los beneficios futuros.
Por ejemplo, disfrutar haciendo ejercicio es un mejor predictor de la continuidad que pensar en los beneficios que tendrá sobre nuestra salud dentro de varias décadas.
Esto no significa que los beneficios a largo plazo carezcan de importancia. De hecho, pueden ser muy relevantes para decidir empezar. Pero las recompensas inmediatas son especialmente importantes para seguir haciéndolo.
Tiene bastante sentido.
Todos sabemos que hacer ejercicio regularmente reduce el riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares, diabetes y otras patologías. Pero esos beneficios son abstractos, difíciles de percibir y, en muchos casos, tardan décadas en materializarse.
En cambio, terminar de entrenar con una sensación de bienestar, dormir mejor esa noche, notar que levantamos más peso o comprobar que nuestra apariencia física mejora son recompensas mucho más tangibles.
Y aquí es donde entra en juego la estética.
La estética como puerta de entrada a la salud
Mike Israetel, doctor en fisiología del deporte y cofundador de Renaissance Periodization, defiende una idea similar en su reciente libro The Aesthetic Revolution.
Su planteamiento es provocador: en lugar de despreciar la vanidad como una motivación superficial, deberíamos reconocer su capacidad para impulsar comportamientos saludables.
Mucha gente no empieza a entrenar porque quiera reducir su riesgo de sufrir una enfermedad cardiovascular a los 70 años. Empieza porque quiere perder barriga, ganar músculo o verse mejor en el espejo.
¿Y qué tiene eso de malo?
Si alguien empieza a levantar pesas porque quiere tener unos brazos más grandes, por el camino estará desarrollando masa muscular, fortaleciendo sus huesos y mejorando su salud metabólica.
Si otra persona empieza a correr para perder unos kilos y verse mejor, también estará mejorando su capacidad cardiovascular.
La estética puede funcionar como una especie de puerta de entrada hacia una vida más saludable.
Naturalmente, no toda búsqueda de mejoras estéticas conduce a una mejor salud. Existen prácticas potencialmente perjudiciales, desde las dietas extremas hasta determinadas intervenciones farmacológicas o quirúrgicas. Y una preocupación excesiva por la apariencia puede convertirse en un problema en sí misma.
Pero cuando los objetivos estéticos se persiguen mediante hábitos saludables y sostenibles, ambas aspiraciones pueden estar perfectamente alineadas.
Quizá deberíamos dejar de considerar las motivaciones estéticas como algo necesariamente superficial y empezar a reconocer su potencial como herramienta de prevención.
Porque, al fin y al cabo, ¿qué importa que alguien empiece a hacer ejercicio por vanidad si, como consecuencia, termina incorporando uno de los hábitos más beneficiosos para su salud?
Aprovechar nuestra naturaleza, en lugar de luchar contra ella
Creo que todo esto tiene una implicación interesante para la forma en la que promovemos la salud y la longevidad.
Durante mucho tiempo, buena parte de los mensajes de prevención han puesto el énfasis en evitar enfermedades futuras. Y aunque este enfoque es necesario, quizá no sea siempre el más eficaz para cambiar comportamientos.
No es fácil encontrar motivación cotidiana en reducir una probabilidad estadística de enfermar dentro de treinta años.
Pero sí es más fácil encontrarla en tener más energía, mejorar nuestro estado de ánimo, sentirnos más atractivos o disfrutar de una mayor capacidad física.
La oportunidad consiste en identificar aquellos comportamientos cuyos beneficios a corto plazo coinciden con lo que sabemos que nos conviene a largo plazo.
Esto es especialmente relevante en el ámbito de la longevidad. Si queremos que más personas adopten hábitos que aumenten sus probabilidades de vivir más años con buena salud, quizá debamos dedicar menos esfuerzos a venderles los años adicionales de vida y más a mostrarles cómo esos mismos hábitos pueden mejorar su vida desde hoy.
No se trata de renunciar a la prevención ni de convertir la estética en un fin en sí mismo. Se trata de reconocer cómo funciona nuestra motivación y utilizar ese conocimiento a nuestro favor.
Las mismas características de nuestra psicología que nos hacen vulnerables a productos y comportamientos perjudiciales pueden ayudarnos a adoptar hábitos extraordinariamente beneficiosos.
En lugar de luchar constantemente contra nuestra naturaleza, quizá deberíamos aprender a ponerla de nuestro lado.
Y si para conseguir que alguien viva más y mejor tenemos que empezar por prometerle una sonrisa más bonita o unos brazos más musculosos, bienvenido sea.
En la edición #277 de Suma Positiva, hablando cómo orientar la carrera profesional, decíamos:
“El objetivo último es que te paguen por ser tú mismo. Por resolver los problemas que no puedes evitar intentar resolver. Por estudiar aquello de lo que no consigues apartarte. Por eliminar cualquier trabajo que no te suponga un desafío creativo.”
Pero, como no todo es trabajar en la vida, me parece que este post de Joshua Kushner es el complemento perfecto:

“El objetivo de la vida es tener ganas de ir a trabajar y tener ganas de volver a casa.”
Gracias por leer Suma Positiva.
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