#63 La economía de la abundancia (1)

Soy @samuelgil, Partner en JME Ventures

Esta es mi newsletter semanal, un lugar donde nos reunimos aquellos que creemos que la tecnología transforma juegos de suma cero en juegos de Suma Positiva.


El mundo de los bits es fundamentalmente distinto al de los átomos.

Esto hace que las reglas, dinámicas e incentivos que genera la nueva economía digital, la “economía de la abundancia”, sean muy diferentes a los que generaba la economía industrial, la que dominó buena parte del siglo XX.

Comienza hoy una serie de posts dedicados a esta nueva economía y que iré diseminando a lo largo del tiempo, no necesariamente seguidos, en los cuales trataré los diversos retos y oportunidades a los que nos enfrentamos.

Hoy abordaremos el problema de cómo compensar adecuadamente el talento y la creación de valor.

Espero que os resulte interesante.


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La economía de la abundancia

La capacidad de producción de una fábrica, la cantidad de producto que se puede llevar, almacenar y mostrar en los estantes de un supermercado, la capacidad del aparcamiento del propio supermercado, su horario, o la publicidad que se puede insertar en los medios de comunicación tradicionales para dar a conocer una nueva marca de detergente son todos ellos cantidades finitas.

Por contra, el mundo digital no conoce límites.

El coste de producir y distribuir una unidad adicional de un producto digital—una vez se ha creado por primera vez—es cero. El tamaño de los estantes de Amazon es infinito y además no hace falta ir en coche y aparcar, basta con que abras en cualquier momento una app en tu teléfono y hagas tap, tap, tap en su pantalla de cristal. El número de vallas digitales en la que insertar anuncios crece cada día gracias al contenido que los propios usuarios de internet creamos en servicios como Substack, Twitter o Instagram.

Metodologías como Agile, Lean o DevOps nos han servido para que desarrollar y poner en producción software sean procesos más fiables y eficientes que nunca. Otra cosa es que acertemos con qué desarrollar, que es lo verdaderamente complicado.

Gracias a los servicios cloud de infraestructura como Amazon Web Services (AWS) y al software de código abierto, los productos digitales tampoco requieren grandes inversiones iniciales para comenzar su desarrollo. Basta con unos cuantos MacBooks y un buen suministro de ramen para alimentar a un pequeño equipo de ingenieros en el proverbial garaje. A veces, ni el garaje, porque algunos han subido hasta el espacio de coworking a la nube.

Para hacer la tarea de crear un producto digital aún más sencilla, compañías como Stripe, Twilio o nuestra participada Chekin encapsulan funcionalidades tediosas y complejas en piezas de un puzzle que cualquiera con conocimientos básicos de programación podría ensamblar. Bienvenidos a la economía de las APIs.

Esta dinámica de acceso líquido y bajo demanda a todo tipo de recursos es cada vez menos exclusiva del mundo digital. También tenemos APIs que nos permiten interactuar con el mundo de los átomos. Por ejemplo, Shopify, una plataforma de ecommerce, te ofrece no sólo lo necesario para crear tu tienda online sino también logística como servicio. O nuestras participadas Voi y Jobandtalent, que ofrecen micro movilidad o trabajadores as-a-service.

En general, la digitalización de muchos eslabones de la cadena de valor de compañías de todo tipo hace que toda empresa sea, cada vez más, una empresa de software y, por tanto, tienda a comportarse desde el punto de vista económico como tal. Los activos físicos han dado paso a los intangibles y el CAPEX ha dado paso al OPEX, aunque parece que las normas contables y algún value investor no se han enterado todavía bien.

La combinación de todos estos factores ha provocado en la última década un verdadero tsunami que ha impactado de lleno en la vieja economía.

Mientras que la economía industrial se caracterizaba por la escasez de la oferta, la economía de la era digital se caracteriza precisamente por su abundancia. No solo por la abundancia intrínseca de lo digital, sino por la facilidad para crear nuevas empresas que llevan más productos digitales al mercado.

Y, cuando la oferta es prácticamente infinita, lo que se vuelve escaso, por definición, es la demanda. Por lo que se pelea cada día en el campo de batalla de los mercados es principalmente por la atención de los consumidores.

El software e internet han dado la vuelta a las reglas del juego de la economía industrial como si fueran un calcetín, lo cual, como es lógico presenta retos y oportunidades.

¿Cómo se juega con estas nuevas reglas?

Reto #1: Remuneración al talento y a la creación de valor

En un mundo donde el principal activo de las compañías ya no son ni las fábricas ni las máquinas sino el cerebro de sus empleados, el cual—hasta dónde yo sé—les pertenece a ellos y es complicado de copias y enajenar…

¿Cuál es la mejor forma de atraer y retener al mejor talento?

Eduardo Manchón lo expuso magistralmente en su artículo ¿Es Silicon Valley comunista? Marxismo en el paraíso del capitalismo, del cual extraigo un trozo:

“Trabajadores propietarios de la empresa junto a capitalistas felices. Eso es Silicon Valley. Mucho más que la vanguardia del software y la tecnología, es también la vanguardia de una incipiente sociedad posindustrial donde los asalariados son propietarios de los medios de producción. Comunismo en el paraíso del capitalismo sin pasar por la revolución.

[…]

Pero ¿por qué los socios capitalistas renuncian a una parte sustancial de la propiedad de las empresas de software y la entregan a los trabajadores? ¿Son los ejecutivos revolucionarios encubiertos? ¿Buenrollismo hippie californiano? ¿Tetrahidrocannabinol? La realidad es más prosaica: sencillamente, es lo mejor para el negocio.

En una sociedad industrial, los medios de producción, las fábricas, requieren vastas inversiones de dinero solo al alcance de unos pocos. Los dueños del capital son inevitablemente los dueños de los medios de producción. En el modelo fabril, la mano de obra asalariada es fácilmente reemplazable. La posición de fuerza es del capitalista y los empleados solo tienen fuerza negociadora unidos en sindicatos.

Sin embargo, en una sociedad posindustrial, el trabajo es mayoritariamente intelectual. El medio de producción es el cerebro de los trabajadores, una mente que necesita años de educación y aprendizaje a través de una experiencia especializada. Un cerebro único y no fácilmente intercambiable significa una posición negociadora fuerte que cambia la correlación de fuerzas. Silicon Valley y su industria del software es la vanguardia de esta incipiente sociedad posindustrial que describió Marx.

Las tornas cambian. Los trabajadores pueden escoger a placer y los salarios medios alcanzan cifras escandalosas. Los becarios cobran más que muchos ejecutivos en España. Y sin embargo, esos salarios no bastan y es necesario ofrecer a los empleados acciones, la propiedad de la empresa, para asegurar su fidelidad y que den lo mejor de sí mismos. Compartir la propiedad es la mejor manera de alinear los intereses de todos.”

David Miranda expuso algo similar hace un par de semanas aquí cuando se remontó al origen de Silicon Valley y nos contó la historia de Schockley, Fairchild Semiconductor y los “Ocho Traidores” en Stock Options.


Otro punto interesante a considerar es que, en la economía digital, los empleados, proveedores o inversores no son los únicos responsables de la creación de valor para una empresa. Los propios usuarios del producto juegan en muchas ocasiones un rol esencial. 

Dice Sari Azout en Check Your Pulse #56:

“La economía digital ha cambiado radicalmente la naturaleza de la relación entre clientes y corporaciones. Las personas han dejado de ser consumidores pasivos para pasar a ser una fuerza esencial de la creación de valor, bien a través de su trabajo real (anfitriones de Airbnb, conductores de Uber) o bien a través de sus datos (Facebook, Google). Hoy el usuario no es sólo el consumidor. El usuario hace el trabajo.”

¿Cuál es la mejor forma de compensar a los usuarios por el valor que crean?

Hasta ahora, algunas de las principales compañías digitales han recompensado a sus usuarios a través de ofrecerles gratuitamente servicios con un valor increíble. ¿Alguien se puede imaginar vivir sin el buscador de Google? En mi caso, la compañía que más valor me aporta después de Google es Twitter, una red que me ha permitido aprender de los mejores, interactuar con ellos, encontrar inversiones o incluso compañeros de trabajo.

En el caso de las redes sociales, los usuarios que más valor crean, los influencers, han conseguido capturar parte de este valor de forma indirecta, mediante la venta de productos o servicios de publicidad.

Otro modelo diferente es el que han seguido las empresas de la Gig Econonomy (e.g. Uber) o de la Passion Economy (e.g. Substack), basado en dotar de herramientas a sus usuarios para que éstos a su vez ofrezcan productos o servicios monetizables de los que la plataforma extrae una comisión.

Sin embargo, el enfoque más revolucionario e interesante sobre cómo permitir a los usuarios de un servicio capturar parte del valor que crean, es, en mi opinión, el que propone el mundo crypto, el cual tiene aplicaciones que van más allá del dinero o las finanzas, aunque no haya todavía grandes casos de éxito que mencionar debido a importantes retos aún por resolver. Su propuesta, de manera muy simplificada es la siguiente:

  • Para utilizar un servicio, el usuario debe comprar (y consumir) tokens, que son, por definición—y aquí es donde está la magia—escasos. Estos tokens son una analogía digital de los tickets o fichas que necesitarías, por ejemplo, para montar en una atracción en una feria.

  • Por realizar determinadas acciones que son necesarias o beneficiosas para el servicio, el servicio me premia con tokens.

  • A medida que la demanda por el servicio aumenta, la demanda del token aumenta, y como su oferta está limitada, su valor aumenta.

Como es obvio, este mecanismo también permite invertir en el servicio mediante la compra y almacenamiento de los tokens, lo cual también contribuye a aumentar su demanda y por lo tanto revalorización.

Es curioso como en la economía digital, en la Economía de la Abundancia, uno de los enfoques más revolucionarios sea el que precisamente permite la creación de bienes digitales escasos.

Continuará…


Gracias por leer Suma Positiva.

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