#257 La rebelión contra la ultra optimización
Hola, soy Samuel Gil.
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Hace semanas que no puedo dejar de ver un cambio cultural en el mundo de la salud y el fitness.
Entender la cultura es crucial porque, como dijimos hace un par de semanas, todo lo demás (tecnología, productos, mercados, etc.) viene detrás de ella.
Este cambio es una rebelión silenciosa contra el exceso de optimización.
Esta edición de Suma Positiva ha sido patrocinada por:
El verdadero coste de una sala de reuniones que no funciona.
Las empresas pierden entre un 10% y un 15% de su tiempo productivo por fallos de comunicación en videoconferencias.
Faltan 10 minutos para tu videoconferencia más importante del año.
Tienes todo bajo control: has practicado hasta delante del espejo y te sabes la presentación casi de memoria.Entras en tu sala de reuniones de la suerte, la que nunca falla… y hoy te dejará tirada.
Te santiguas. Cierras la puerta.
— “¿Nos escuchas?”
No.Sales. Vuelves a entrar.
Ahora el audio funciona, pero la pantalla no comparte.Minuto 1.
Minuto 3.
Minuto 5.Ves las caras al otro lado: impaciencia, duda, desconcierto, incertidumbre.
Te disculpas. Sudas.
Escribes a IT… no responde.A situaciones desesperadas, medidas desesperadas: tiras de tu portátil, te compartes internet desde el móvil, y las manos te tiemblan igual que en el examen de Selectividad.
Arrancas la reunión… pero si Carlos Sainz no fue capaz de arrancarlo, tú en esa situación tampoco.
Ya no es lo mismo.
Se te olvidan los puntos clave. Te quedas en blanco.Termina la reunión.
Silencio.Y sabes, en el fondo, que probablemente no habrá una segunda oportunidad.
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La rebelión contra la ultra optimización
Lo primero fue empezar a medir
Hace unos diez años llegaron los wearables: relojes, anillos y bandas con sensores de todo tipo.
De repente podíamos medir cosas que hasta hace nada solo intuíamos: cómo dormíamos, cuánto nos movíamos, cómo respondía nuestro cuerpo al estrés, al alcohol, al entrenamiento intenso o a una mala noche.
Fue un avance real.
Por primera vez, mucha gente tomó conciencia de lo mal que dormía, de lo poco que se movía o de lo bien que se sentía cuando empezaba a cuidarse un poco más.
Ahí empezó todo.
De medir pasamos a optimizar
El problema no fue medir. El problema fue lo que ocurrió después.
En determinadas personas —disciplinadas, exigentes consigo mismas, orientadas al rendimiento— la información no se quedó en feedback. Se convirtió en objetivo.
Si algo podía medirse, podía mejorarse. Si podía mejorarse, debía optimizarse.
Dormir ya no era dormir bien o mal: era alcanzar un sleep score de más de 85.
Entrenar dejó de ser entrenar: era hacer algo que quedase bien en Strava.
Caminar dejó de ser pasear para desconectar: había que aprovecharlo para escuchar un podcast sobre cómo optimizar la salud, mientras sumabas pasos y cerrabas anillos.
El cuerpo pasó de ser un sistema vivo a convertirse en un proyecto de ingeniería.
Cuando el disfrute se evapora
Empezamos a cuidarnos más que nunca…pero también a disfrutar menos que nunca.
Actividades que antes eran placenteras se volvieron instrumentales.
La conexión con el entorno se sustituyó por la conexión bluetooth con los dispositivos.
La escucha interna fue reemplazada por la lectura de unos datos con una utilidad limitada y, en el peor de los casos, una fiabilidad dudosa.
El placer de hacer las cosas por uno mismo fue desplazado por la búsqueda constante de validación externa.
Y, poco a poco, se perdieron cosas esenciales: la capacidad de saber cómo estás sin preguntárselo a un dispositivo o de hacer cosas para ti mismo, no para tu dashboard de métricas o tus redes sociales.


Este patrón conecta con una idea que el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han puso hace unos años sobre la mesa: la de la auto-explotación1.
No hace falta un jefe que apriete demasiado cuando uno mismo puede ser su mejor explotador.
El efecto rebote
El lado positivo es indiscutible: millones de personas hemos descubierto lo bien que nos sentimos cuando dormimos mejor, nos movemos más, entrenar con algo de estructura y comemos con cabeza.
Eso no va a desaparecer.
Pero cuando el cuidado se vuelve ortodoxia, cuando vivir bien se convierte en cumplir protocolos, eso empieza a jugar en tu contra:
Más ansiedad. Más rigidez. Más miedo a salirse del plan. Menos vida.
Y ahí es donde algo debe empezar a cambiar.
El paso atrás (consciente)
Cada vez más gente está dando un paso atrás. No para dejar de cuidarse, sino para dejar de vivir en modo optimización permanente.
Siguen entrenando. Siguen durmiendo y comiendo bien. Siguen prestando atención a su salud.
Pero ya no necesitan medirlo todo todo el tiempo.
El ejemplo más claro de este cambio es algo que, hace poco, parecía impensable:
el abandono de los wearables.
No como rechazo tecnológico (que también), sino como gesto simbólico. Como forma de recuperar el criterio propio. Como manera de volver a sentir sin intermediarios.
Entre los que lo prueban, la experiencia se repite: no sólo no pasa nada malo, sino que a menudo pasa algo bueno: menos ruido, más presencia, más confianza en el criterio propio.
No es menos cuidado. Es más madurez.
Esta no es una rebelión contra el wellness. Es una rebelión contra su versión más dogmática.
Cuidarse sigue siendo importante. Lo que cambia es la relación.
Menos obsesión por el control.
Más tolerancia a la imperfección.
Menos vivir para el sistema.
Más sistema al servicio de la vida.
Quizá ese sea el verdadero signo de progreso: cuando ya no necesitas demostrar —ni a otros ni a un dashboard— que lo estás haciendo bien. Porque, simplemente, te sientes bien.
Para ampliar:
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En “La sociedad del cansancio”, Byung-Chul Han desarrolla la idea de la autoexplotación: en la sociedad actual, las personas se explotan a sí mismas voluntariamente, impulsadas por la lógica de la positividad y el rendimiento constante. Creen que trabajan más por libertad y autorealización, pero esto genera agotamiento, depresión y burnout, más eficiente que la explotación externa tradicional.





Parece una tontería, pero no sabes el descanso que pegué
cuando rompí la racha de los 10000 pasos
Buen artículo. Pero ¿Cuándo Byung-Chul Ha ganó el Nobel?