#268 El fármaco para alargar la vida de tu perro. Un modelo de IA tan potente que no se puede lanzar. La mentira útil de los wearables. Los 10.000 pasos de tu cerebro
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El primer fármaco para alargar la vida de tu perro está cerca. Y podría ser un adelanto de lo que vendrá en humanos.
Hace unas semanas hablé del caso de un ingeniero australiano que desarrolló una vacuna contra el cáncer para su propia perra. Más allá de lo llamativo de la historia, había una idea de fondo más relevante: las mascotas se están convirtiendo en un campo de pruebas avanzado para la biotecnología de la longevidad.
Y no es casualidad. Los ensayos clínicos de longevidad en humanos costarían más de mil millones de dólares y llevarían décadas. Sin embargo, la regulación en veterinaria es más ágil, los ensayos son más rápidos y baratos y los ciclos de vida más cortos de los animales permiten obtener resultados en mucho menos tiempo. Eso convierte a los perros y otras mascotas en un buen modelo para validar terapias similares—aunque con importantes diferencias—a las que podrían llegar para humanos en el futuro.
En ese contexto quiero hablar hoy de Loyal, una empresa biotecnológica fundada en 2019 por Celine Halioua y con sede en San Francisco.
La compañía se posiciona en la intersección entre la veterinaria, la biología del envejecimiento y la farmacología. Su enfoque no es tratar enfermedades individuales, sino atacar directamente los mecanismos biológicos del envejecimiento para retrasar la aparición de patologías como el cáncer, la insuficiencia renal o el deterioro cognitivo.
Hasta ahora la empresa ha obtenido 250 millones de dólares de financiación y está llevando a cabo el que probablemente sea uno de los mayores ensayos clínicos de la historia veterinaria. El estudio STAY cuenta con 1.300 perros inscritos en 70 clínicas veterinarias. La mitad recibe la pastilla y la otra mitad un placebo. Ambos con sabor a carne para que nadie pueda distinguirlos. Pero lo realmente importante no es el tamaño, sino el diseño del ensayo: perros reales, en hogares reales, midiendo longevidad.
Los perros desarrollan las mismas enfermedades relacionadas con la edad que nosotros: cáncer, enfermedades cardiovasculares, fallo renal o problemas cognitivos similares a la demencia. Además, viven en nuestras casas, comen alimentos similares y respiran el mismo aire. No son ratones en las condiciones estériles de un laboratorio. STAY podría ser lo más parecido que existe hoy en día a un ensayo humano de longevidad.
El fármaco que está probando se llama LOY-002 y funciona como un mimético de restricción calórica: engaña al metabolismo del perro para que se comporte como si estuviera en una dieta baja en calorías, pero sin reducir realmente la ingesta de comida. La cascada biológica que desencadena es la misma que ha extendido la esperanza de vida en todas las especies probadas, desde levaduras hasta primates.
La FDA ya ha aceptado los datos de seguridad y de eficacia. Dos de las tres etapas regulatorias están superadas. La tercera es la revisión de fabricación, que se espera completar este año. Si se aprueba, LOY-002 se convertirá en el primer fármaco aprobado por la FDA para la extensión de la esperanza de vida. No para tratar enfermedades, ni para aliviar síntomas. Para prolongar la vida libre de enfermedades. No hay nada similar aprobado hasta ahora para ninguna especie.
Pero aquí está el punto crítico: no es lo mismo tratar a un animal enfermo que medicar a uno sano. La propia Loyal lo explica en su blog:
Todos los medicamentos conllevan riesgos potenciales además de beneficios, y los veterinarios equilibran ambos de forma habitual para lograr un resultado neto positivo en cada paciente. Cuando un perro padece una enfermedad que causa un sufrimiento significativo o que probablemente será mortal, como el cáncer, los tratamientos que reducen ese sufrimiento y prolongan la vida pueden ser beneficiosos incluso si tienen efectos negativos importantes. La quimioterapia es un ejemplo de ello: aunque suele provocar efectos indeseados, como náuseas o una disminución de la función del sistema inmunitario, merece la pena tolerarlos durante un tiempo si es probable que el paciente obtenga un periodo significativo de buena calidad de vida que no habría tenido sin tratamiento.
Los medicamentos preventivos son diferentes. Dado que tratamos a perros generalmente sanos con el objetivo de preservar su salud, nuestra tolerancia a los efectos negativos del tratamiento debe ser muy baja. Los efectos secundarios deben ser leves o muy poco frecuentes para que el tratamiento tenga un beneficio neto en la mayoría de los pacientes. Este es un listón alto, y en el caso de LOY-002 se ha trabajado intensamente para cumplir los exigentes estándares establecidos por la FDA y para evaluar la seguridad del fármaco en condiciones de uso variadas y realistas.
Loyal tiene en su pipeline un segundo fármaco, LOY-001, dirigido específicamente a razas grandes. Los perros grandes viven menos porque siglos de cría selectiva para aumentar su tamaño les han dado niveles elevados de IGF-1, la misma hormona de crecimiento asociada al envejecimiento acelerado en humanos. Reducir el IGF-1 en moscas, gusanos y roedores prolonga la vida. Loyal va a probar si lo mismo ocurre en perros.
Con más de 90 millones de perros en 60 millones de hogares de EEUU y un tratamiento preventivo que tendría que administrarse de forma continua durante años no es difícil imaginar el tamaño del negocio que Loyal podría alcanzar a tener en caso de finalmente tener éxito. ¿Renunciarías a dos años más con tu perro? Ahora imagina el mercado de un medicamento capaz de hacer lo mismo en ocho mil millones de humanos.
Y ya puesto a imaginar y a hacer apuestas…
¿Serán nacionalizados los grandes laboratorios de IA?
El 7 de abril de 2026, Anthropic anunció el lanzamiento de Claude Mythos, su modelo más avanzado hasta ahora. Según la compañía, representa un salto significativo en capacidades respecto a Claude Opus 4.6, especialmente en razonamiento, ingeniería de software, uso de computadora y, sobre todo, ciberseguridad.
Sin embargo lo más llamativo del lanzamiento es que, en realidad, no se lanzó. Al menos no al público en general. Es la primera vez en casi siete años que un laboratorio puntero retiene un modelo por motivos de seguridad —la anterior fue OpenAI con GPT-2, en 2019.
Anthropic decidió no hacer disponible el modelo de forma general debido a sus potentes capacidades ofensivas en ciberseguridad. Mythos es capaz de descubrir y explotar de forma autónoma vulnerabilidades críticas en sistemas ampliamente usados, incluyendo infraestructuras críticas y sistemas militares.
Ante el riesgo de que estas habilidades pudieran usarse para ataques masivos, la empresa creó el Project Glasswing: un programa limitado que otorga acceso controlado a un pequeño grupo de empresas y organizaciones clave (como Microsoft, Google, Amazon, Nvidia, Cisco, Apple y mantenedores de software open source) exclusivamente para defensa cibernética —es decir, para identificar y corregir vulnerabilidades antes de que sean explotadas.
Dice Derek Thompson en X:
“…si comparas tu tecnología con armas nucleares, predices que dejará sin empleo a decenas de millones de personas, y anuncias la invención de una llave maestra digital para extraer información clasificada de sistemas gubernamentales y tomar el control de infraestructura crítica, incluyendo infraestructura militar, realmente me cuesta ver cómo esto no termina con alguna forma de nacionalización o sanción o algo aún más extraño.
No puedo predecir la evolución de esta tecnología lo suficientemente bien como para saber qué estoy apoyando aquí, pero solo sumando dos y dos me cuesta ver cómo o por qué seguiríamos tratando a estas empresas como si fueran firmas ordinarias del sector privado.”
¿Qué ocurrirá cuando una tecnología así esté disponible para cualquiera?
Algunos se temen lo peor.
Otra pregunta interesante que ha surgido al respecto es: ¿se quedarán los laboratorios los mejores modelos para ellos y nos darán al resto versiones inferiores?
La mentira útil de los wearables
Este año empecé siendo bastante crítico con los wearables. Mi argumento era simple: no deberíamos subordinar nuestras sensaciones subjetivas—afinadísimas tras millones de años de evolución—a métricas que, en gran medida, son construcciones arbitrarias de unos dispositivos, por mucho que sus fabricantes inviertan enormes cantidades de dinero en convencernos de lo contrario.
También defendía que el afán por la mejora constante y la ultraoptimización no debería robarnos los pequeños momentos de disfrute de la vida. Y eso lo sigo manteniendo.
Sin embargo, volviendo a los wearables, esta semana leí algo de David Sinclair que creo que merece la pena considerar:
Un estudio con 178 personas mostraba que, fueran precisas o no, las métricas que veían en sus dispositivos—incluidas estimaciones de su edad biológica—les empujaban a adoptar hábitos más saludables y, en consecuencia, a mejorar su salud.
Es decir: incluso si las métricas no son perfectas, pueden funcionar como una buena ficción. Una que, bien utilizada, acaba produciendo efectos reales.
Otro argumento a favor de su uso lo ofrecía Alan Couzens: el uso de gadgets nos permite calibrar nuestras sensaciones. Tiene todo el sentido del mundo y, al menos en mi caso, es algo que he experimentado de primera mano.
Los 10.000 pasos al día de tu cerebro
Si hay una métrica que los wearables han ayudado a popularizar es la de los famosos 10.000 pasos diarios.
Pero sobre todo, en los últimos 50 años hemos interiorizado la idea de que, si no te mueves, te deterioras.
Cal Newport —profesor de Informática y autor de Deep Work— cree que algo parecido a lo que ocurrió con el cuerpo debería ocurrir con la mente. Debemos ser conscientes de que tecnología está erosionando nuestra capacidad de concentrarnos y de pensar con profundidad. Es un proceso que empezó a acelerarse con las redes sociales alrededor de 2012 y que se intensifica aún más a medida que delegamos cada vez más tareas cognitivas a la IA.
Todas estas herramientas tienen algo en común: son extraordinariamente eficientes. Eliminan fricción, reducen esfuerzo, nos lo ponen fácil. Y precisamente ahí está el problema. El cerebro funciona como un músculo: si no lo usas, se atrofia.
Su propuesta es tan simple como incómoda:
“Quizá leer unas cuantas decenas de páginas al día debería convertirse en los nuevos 10.000 pasos diarios: una base mínima de actividad para mantener la forma cognitiva.”
No se trata de rechazar la tecnología, sino de entender que hay ciertos “ejercicios” que no deberíamos delegar.
Gracias por leer Suma Positiva.
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