#91 La flecha de la historia

Hola, soy @samuelgil, Partner en JME Ventures

Bienvenido a mi newsletter semanal, un lugar donde nos reunimos aquellos que creemos que la tecnología transforma juegos de suma cero en juegos de Suma Positiva.


Con la edición de hoy despedimos el segundo curso de Suma Positiva. Empezamos el pasado septiembre hablando de longevidad para unos 6.900 suscriptores y terminaremos hoy hablando de la influencia de la tecnología en la historia y la política para unos 12.150.

Hoy intentaremos dar respuesta a la siguiente pregunta:

¿Hacia dónde apunta la flecha de la historia, hacia un único gobierno mundial o hacia el individuo soberano?

Espero que os guste.

Buen verano y nos vemos en septiembre.


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La flecha de la historia

Durante mucho tiempo se creyó que las culturas humanas eran algo que seguía una suerte de evolución similar a la que siguen las especies naturales. Que había ciertas fuerzas que ejercían una presión invisible, sutil y constante que irremediablemente provocaba que, con el paso del tiempo y en presencia de ciertas condiciones ambientales, pasásemos de ser salvajes a bárbaros y de ahí a seres civilizados.

Con la corrección política del siglo XX la cosa cambió. ¿Qué era eso de decir que una tribu amazónica es menos evolucionada que la sociedad occidental? ¿No era eso poco menos que racismo?

Las dos guerras mundiales, el comunismo y el nazismo tampoco ayudaron a afianzar la creencia de que la razón y la persecución consciente del bien común eran los motores de la historia, como algunos pensadores del siglo XIX habían afirmado. De hecho, la idea de que la historia estuviese del lado de alguien, tal y como Hitler y Stalin afirmaron, se había convertido en algo peligroso.

También por entonces, Karl Popper (el filósofo ídolo y mentor de nuestro ya conocido George Soros) afirmó que predecir el futuro era directamente imposible, así que mejor que los historiadores se dejasen de tratar de encontrar las leyes que supuestamente regían la evolución de la historia, porque tal cosa no existía. La historia había venido determinada por una serie de sucesos (guerras, revoluciones, descubrimientos…) que nadie supo prever ni cuyas consecuencias supo anticipar. De cisne negro en cisne negro y tiro porque me toca.

Sin embargo, un pequeño reducto de pensadores entre los que destacaban algunos antropólogos y arqueólogos se mantuvo firme en la creencia de que la historia—de forma lenta y torpe y con alguna vuelta atrás—sigue la dirección que marca una flecha: la flecha de la historia.


Robert Wright, autor de NONZERO: The Logic of Human Destiny (¡gracias Tomás Pueyo por la recomendación!), es uno de los creyentes en la existencia de esas reglas.

Wright afirma que la flecha de la historia apunta en la dirección de mayores cantidades de sumas no cero, es decir, de mayores cantidades de sumas positivas™️:

“A medida que la historia progresa, los seres humanos se encuentran jugando juegos de suma positiva con un número creciente de otros seres humanos. La interdependencia crece y la complejidad social crece en alcance y profundidad.”

Una premisa importante de esta teoría—compartida con otras teorías serias sobre evolución cultural—es que la dotación genética de los seres humanos en todo el mundo es prácticamente la misma. Esa ausencia de diferencias significativas en la naturaleza humana es precisamente lo que propicia que la evolución cultural siga un curso similar en cualquier sitio.

Veamos el efecto del entorno y la tecnología en los juegos de suma positiva y, a su vez, el impacto de estos en la configuración social:

¿Qué explica que los Kung San, unos cazadores-recolectores de la región del desierto del Kalahari, vivieran en campamentos formados por varias familias mientras que los Soshone, unos indios nativos americanos que poblaban la zona que hoy sería Nevada, viviesen casi todo el año tan sólo con su familia?

Mientas que los Soshone se dedicaban a la búsqueda y recolección de semillas y raíces, algo que se puede hacer perfectamente de forma individual o en grupos muy reducidos, los Kung San cazaban jirafas. Ya de por sí, el rastreo y caza de jirafas y la extracción de su carne antes de la aparición de carroñeros requiere la colaboración de más personas. Pero, más importante aún es el hecho de que una jirafa da más carne que la que una familia puede comer antes de que ésta se estropee. Por ello, para los cazadores de jirafas, vivir en grupos unifamiliares implicaría no sólo desperdiciar carne, sino también y sobre todo desperdiciar las promesas de ayuda futura (en inglés IOUs por las siglas de “I owe you” que significa “te debo una”) que se generarían con otras familias al compartirla.

Los IOUs son una expresión clásica de suma positiva. Dar comida a alguien cuando su plato está vacío y el tuyo rebosante (con la esperanza de que te devuelva el favor cuando la situación se revierta) genera una situación de beneficio mutuo sin pérdida. Los esquimales pensaban de forma similar:

“El mejor lugar que tiene un esquimal para almacenar la comida que le sobra es en el estómago de otro esquimal.”

La caza de grandes animales propicia la compartición no sólo porque las sobras se pueden estropear, sino porque su caza es un empeño más arriesgado que la recolección. Por ello, usar el excedente actual para asegurarte contra posibles futuros déficits genera tantos rendimientos de suma positiva.

Algo muy interesante es que, en determinadas épocas del año, para cazar unos conejos con una trampa-red cuyo manejo requería la colaboración de un grupo más grande de personas, los Soshone, que, como decíamos, vivían en grupos unifamiliares casi todo el año, formaban estructuras sociales temporales más grandes y complejas.

De aquí el autor deduce—algo que apuntala a lo largo del libro con una larguísima retahíla de ejemplos inspirados en otras culturas geografías y épocas—que las nuevas tecnologías crean nuevas oportunidades de jugar a juegos de suma positiva, que las personas, motivadas por su propio interés, maniobran para aprovecharse de los frutos de esos nuevos juegos y que la estructura social y política cambia como resultado.

¿Entendéis ahora mejor por qué digo en la entrada de cada post que la tecnología transforma juegos de suma cero en juegos de suma positiva?

La tesis de Wright encaja a la perfección con la de nuestra también conocida Carlota Pérez, que dice que la historia de la humanidad puede verse como una sucesión de revoluciones tecnológicas que han ido mejorado nuestra capacidad de colaborar de forma mutuamente beneficiosa con un número creciente de personas, lo cual ha ido modificando—muchas veces de forma abrupta y no exenta de dolor—la forma en la que nos hemos organizado a nivel social y político. Tanto en el caso de Pérez como en el de Wright hablamos de tecnología en sentido amplio, incluyendo no sólo lo que cualquiera identificaría como tecnología (el ferrocarril o el microchip) sino también cosas como el dinero, la escritura, la imprenta, las sociedades de capital o el estado de derecho, a las que podemos catalogar dentro de las tecnologías de procesamiento de información. De hecho, las tecnologías de procesamiento de la información (siendo la economía una de ellas) son las que mayores avances producen, pues, a diferencia de lo que ocurre con bienes físicos, el stock de información no se reduce con el uso (de hecho, es al contrario, muchas de estas ideas son más útiles cuanta más gente la abrace, es decir, presentan efectos de red).

Es importante notar que la persecución de estos juegos de suma positiva no es algo que hagamos necesariamente de forma consciente. La tecnología sólo amplifica ciertos rasgos psicológicos que la evolución natural ha escrito a fuego en nuestros genes: el altruismo recíproco o reciprocidad (también conocido como el “yo te doy cremita, tú me das cremita”), una poderosa fuerza de la que hemos hablado en múltiples ocasiones, como por ejemplo cuando nos basamos en el trabajo de Cialdini para hablar de la psicología de la persuasión.

La reciprocidad no es el único aspecto psicológico que favorece la búsqueda de este tipo de tecnologías y juegos. Somos monos que ansían mejorar y mostrar su estatus a los demás, a veces hasta el punto de hacer parecer irracional nuestro comportamiento. Esto tiene por supuesto todo el sentido desde el punto de vista evolutivo porque ser poderoso o amigo del poderoso mejora las posibilidades de reproducción y supervivencia. Por un lado, esta fascinación con los poderosos en que llevamos en los genes facilita la creación de estructuras sociales jerárquicas. Por otro lado, no hay nada que eleve más el estatus de alguien que descubrir algo (una tecnología) que es ampliamente adoptada y alabado por el grupo. Es irónico como la búsqueda de estatus (un juego de suma cero) es el mayor acicate para encontrar tecnologías que favorecen los juegos de suma positiva. Esta paradoja en la naturaleza humana (somos profundamente gregarios y cooperativos a la par que competitivos) es el ímpetu que según Wright explica la evolución cultural y el aumento de complejidad social.

Bajo estas premisas, Wright afirma que es virtualmente inevitable que los grupos y sociedades que participaban en más y mayores juegos de suma positiva acabaran imponiéndose a otros (incluso mediante la guerra), de forma análoga a cómo una especie mejor adaptada a un entorno prolifera a costa de otras menos adaptadas.

Así, desde que comenzamos organizándonos en pequeños grupos de cazadores-recolectores, pasando por las sociedades agrarias y el feudalismo hasta el Estado-nación actual, hemos ido adoptando en cada momento de la historia la forma organizativa que mejor favorecía la creación de valor por colaboración, lo que en muchas ocasiones ha implicado una disminución de nuestra soberanía individual y una centralización del poder.

Según Wright, mientras que las ganancias derivadas de las nuevas y mejoradas formas de colaboración compensaran los costes del aumento de la burocracia y la pérdida de soberanía que la centralización suponían, todo estaba en orden. Pero cuando esta ecuación dejaba de cumplirse, esa forma de organización entraba en crisis. La obsolescencia de una forma de organización quedaba normalmente patente años después de la irrupción de una nueva tecnología que permitía otras formas de organización superiores y que sacaba los colores a las anteriores.

Siguiendo esta lógica, partiendo de la situación en la que nos encontramos (un mundo en el cual la forma de organización predominante es el estado-nación) y dado el auge de las tecnologías de la información y las comunicaciones, cabría pensar que las fuerzas que mueven la historia nos llevarán hacia la unificación en grandes bloques plurinacionales como la UE o incluso a un único gobierno mundial.


Una visión alternativa de lo que el futuro nos deparará es la de James Dales Davidson y William Rees-Mogg, autores de la obra de culto The Sovereing Individual (según Peter Thiel, el libro que más le ha influido en la vida), escrita ya hace algo más de veinte años y cuyas previsiones se han ido cumpliendo—con algún punto ciego como el advenimiento de China—con una precisión que impresiona.

Para ellos el futuro no avanza hacia un macro estado con un gobierno mundial, sino todo lo contrario: avanzamos irremediablemente hacia la era del individuo soberano.

Su visión de la naturaleza humana es algo más oscura que la de Wright. O quizás es que, simplemente, en lugar de poner el foco en nuestra faceta más constructiva lo hacen en la otra cara que todos tenemos: la violenta. Y es que sería muy ingenuo por nuestra parte negar que la violencia está también en nuestra naturaleza y que puede ser muy rentable. ¿Para qué cultivar el campo de sol a sol durante meses si puedo rascarme la barriga 24x7 y después matarte y/o robarte la cosecha, la casa y la mujer?

La actividad económica—la madre de los juegos de suma positiva—requiere de la protección de la propiedad y de la vida. A lo largo de la historia, los grupos (violentos) que han ofrecido protección frente a la violencia al grueso de la población han sido los que han gobernado. A cambio, eso sí, de suculentos impuestos y de otras limitaciones a los derechos y libertades de los gobernados. Una forma un poco más drástica de verlo es que en toda sociedad, el gobierno, gracias a su control de la violencia, “extorsiona” al resto de la población. La pandemia ha dejado patente que somos mucho menos libres de lo que creíamos ser.

Por ello, la tesis de Davidson y Rees-Mogg es que, en cada momento de la historia, la forma de organización política dominante ha sido aquella que ofrecía mayores rendimientos a la violencia. El paradigma tecnológico dominante de cada época ha ido determinando las formas más eficaces de realizar la actividad económica y de ejercer la violencia. Así, el feudalismo es el resultado de combinar la economía agraria con los soldados a caballo o caballeros en lo militar. El estado-nación actual es el resultado de combinar la economía industrial con los grandes ejércitos equipados con armas de fuego. La tecnología militar y policial del momento influye en el tamaño del área que el gobierno de turno puede asegurar para que se desarrolle una vida económica pacífica y la productividad de la economía determina el tamaño del gobierno cuyo expolio puede soportar. Las crecientes economías de escala en lo económico y en lo militar nos han ido llevando hacia una expansión territorial del estado y una progresiva centralización del poder. Extrapolando esta tendencia hacia el futuro parecía razonable pensar que estaríamos encaminados al gobierno mundial que decía Wright.

Sin embargo, esta vez hay una diferencia fundamental. De nuevo, un cambio tecnológico. Uno de tal profundidad que, como ha ocurrido otras veces, hace reventar las costuras del modelo existente. Hasta ahora, toda la actividad económica tenía lugar en el plano físico. Pero, ¿qué ocurre cuando buena parte de la economía se traslada del mundo físico al online gracias a las tecnologías de la información? ¿Qué ocurre cuando hemos sido capaces de crear activos como el Bitcoin que no dependen de ningún estado o empresa y que son muy difíciles de robar o expropiar? Ocurren varias cosas:

  • La actividad económica deja de estar anclada al terreno y es móvil.

  • La demanda de servicios de protección frente a la violencia cae. Hay muchos más activos intangibles y, algunos de ellos, incluso resistentes a ataques del estado.

Cyberspace, like the imaginary realm of Homer’s gods, is a realm apart from the familiar terrestrial world of farm and factory. Yet its consequences will not be imaginary, but real. To a far greater extent than many now understand, the instantaneous sharing of information will be like a s olvent dissolving large institutions. It will not only alter the logic of violence, as we have already explored; it will radically alter information and transaction costs that determine how businesses organize and the way the economy functions. We expect microprocessing to change the economic organization of the world.”

Esto, según Davidson y Rees-Mogg va a debilitar enormemente el poder coercitivo del estado, que se va a ver obligado a competir y a tratarnos como a clientes a los que atraer en lugar de como a ganado al que ordeñar. Los YouTubers que se mudaron a Andorra son una pequeña muestra de lo que viene.

Que el modelo actual está agotado es algo evidente para cualquiera que no esté demasiado anestesiado por la ideología. No es una cuestión única de aquí, sino que es algo que está ocurriendo en todo occidente. La corrupción es continua. Las pensiones no dan. A pesar de su voracidad recaudatoria, los estados siguen gastando muy por encima de sus posibilidades y lo seguirán haciendo para intentar seguir expandiendo las redes clientelares que los mantienen con vida. Buena parte del dinero recaudado es malgastado en burocracia y en actividades inútiles. El nacionalismo—la narrativa propia del estado-nación—se tambalea (con honrosas excepciones que todos conocemos) a medida que los jóvenes participan de una vida cada vez más online y global.

En la Era de la Información, la capacidad recaudatoria de los estados se va a resentir, lo que va a provocar que tengan que mermar en tamaño y alcance y, sobre todo, que tengan que empezar a competir. El estado-nación dejará de ser la forma de organización que maximice los retornos al monopolio de la violencia como ocurría en la Era Industrial. La política pasará a ser un tema menor. Ciudades-estado como la antigua Venecia serán de nuevo algo común. La concurrencia de múltiples jurisdicciones sobre la misma geografía (cada una con una oferta de servicios diferente) será también algo posible y común, como ya ha ocurrido anteriormente en el pasado. Todo esto en el mundo físico.

En el mundo online, ¿cuál creéis que es la tecnología que mejor permitirá organizar una vida económica que trasciende las fronteras nacionales actuales? ¿qué tecnología nos permitirá crear dinero, activos, contratos, leyes y organizaciones transnacionales? ¿qué tecnología nos permitirá recuperar la soberanía cedida a cambio de protección? ¿qué tecnología nos permitirá escapar de los excesos de los políticos?

Efectivamente, la flecha de la historia apunta hacia la criptoeconomía.

No sé si serás capaz de verlo. Probablemente no. El pez no sabe que está dentro del agua hasta que le sacan de ella. Tampoco sé si te gustará. Todos nos resistimos al cambio, especialmente si tenemos algo que perder. Que se lo digan al jefe de tribu, al faraón, al emperador romano, al rey feudal o al papa de turno. Las tiempos de cambio suelen ser difíciles y turbulentos. Pero me temo que ni lo que tú ni yo pensemos importará demasiado para que la historia siga su curso. En una escala de tiempo suficientemente larga, los incentivos mandan.


Gracias por leer Suma Positiva.

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